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Artículo de Juan Manuel Ramírez Cendrero, profesor de Economía Aplicada de la UCM, sobre la decisión del Ayuntamiento de Madrid de eliminar la sección "Toros" en la web turística de la capital
Redacción - 11/02/2016

¿Es posible imaginar al Ayuntamiento de Bayreuth renunciar a difundir el festival que creara Wagner porque a los dirigentes de la fuerza política gobernante no les gustaran las óperas del músico de Leipzig? ¿O al mayor de Ascot rechazando promover la Royal Ascot porque no le gustaran las carreras de caballos? ¿O al Ayuntamiento de París eliminar la información institucional referida a Roland Garros? Hay fenómenos y actividades que contribuyen a identificar y singularizar una ciudad, acontecimientos que actúan como impulsores y difusores del atractivo y el interés que una ciudad puede generar, y que aglutinan tendencias dinamizadoras de otras muchas actividades (asociadas o no) así como flujos de visitantes ávidos de conocer y gozar de expresiones exclusivas. La responsabilidad del gobernante se plasma, entre otros muchos aspectos, sin duda en una actitud muy definida: ser capaz de poner el interés general por encima de sus percepciones particulares en un marco de tolerancia y respeto a todas las sensibilidades, múltiples y heterogéneas, presentes en las sociedades modernas.

Pues bien, a partir de estos principios elementales, resulta muy difícil de entender la actuación del Ayuntamiento de Madrid respecto a la fiesta de los toros (¿ceguera, prejuicios, obstinación?). Madrid dispone felizmente de múltiples acontecimientos que engrandecen esta ciudad y que la singularizan dentro de un continente, nuestra Europa, repleto de ciudades deslumbrantes. Entre todos esos acontecimientos hay uno exclusivo, singularísimo, sólo posible en Madrid (entre las capitales europeas): la fiesta de los toros y, concretamente, su feria de San Isidro. Un mes consecutivo de espectáculos diarios, todas las tardes a la misma hora, es un acontecimiento sin parangón que cualquier dirigente comprometido con su ciudad impulsaría y, sobre todo, cuidaría, situando en un segundo plano su mayor o menor atracción hacia ese espectáculo.

En este sentido, hay que destacar el impacto económico que un acontecimiento como la feria de San Isidro supone para la ciudad de Madrid. En efecto, sólo los ingresos en taquilla durante el mes de toros superan los 15 millones de euros, lo que eleva a más de 3 millones el IVA recaudado. Además, el efecto impulsor de la feria sobre otras muchas actividades es especialmente intenso en hoteles, restaurantes, bares o taxis. Los estudios que se han llevado al respecto hablan de una actividad económica generada a partir de la feria de más de 55 millones de euros en la ciudad de Madrid (datos de ANOET), lo que supone un efecto multiplicador de 3,5 puntos por cada euro recaudado en taquilla. Pocos eventos o acontecimientos tienen esa capacidad de arrastre. Es importante destacar así mismo que del canon que la empresa concesionaria de la explotación de la plaza debe pagar a la Comunidad de Madrid, actualmente 2,3 millones de euros anuales, 900.000 euros se aportan directamente a los presupuestos regionales.

Frente a todo ello, ¿qué argumentos se oponen? Los responsables del Ayuntamiento de Madrid son claros: no promover el maltrato animal. Es un planteamiento, como cualquier otro, merecedor de respeto, aunque también abierto a la crítica razonable y a la discrepancia libre que se inicia en el propio concepto, es decir, en lo que entendemos por maltrato animal. Sin duda las diferentes conceptuaciones que del maltrato animal se puedan hacer ofrezcan pocos espacios de convergencia en tanto en cuanto su percepción se halla poderosamente vinculada al plano de los afectos y, por tanto, con escasa conciliación con el plano racional. Es decir, que el modo en que se entiende el maltrato o el respeto animal, el modo en que se manifiesta, el modo en que se siente no es, no puede ser, monopolio de una única sensibilidad. Los intentos de establecer lo que, en la esfera de los afectos, es o no aceptable, es o no la norma, es una de las más nítidas expresiones del totalitarismo, como bien conoce Manuela Carmena. La relación con los animales y el tipo de vínculos afectivos que con ellos se generan difieren radicalmente en los ámbitos urbano y rural, sin que ninguno deba ser entendido como moralmente superior al otro. Al contrario, cualquier modo de entender el maltrato animal responde a criterios humanos generados en marcos y formas de vida y de relación con la naturaleza que pueden ser muy diferentes. Quienes mantienen un trato cotidiano con los animales en el medio rural, por ejemplo, a menudo se apenan cuando contemplan la vida de mascotas en grandes ciudades recluidas en microviviendas. ¿No puede ser esa también una forma de maltrato animal? ¿Entenderíamos que a partir de esa noción de maltrato animal se actuara institucionalmente contra las mascotas en las grandes ciudades? No estoy proponiendo esa actuación sino ilustrar precisamente los difuso y controvertido que resulta establecer criterios de comportamiento social a partir de esquemas morales personales derivados del carácter singularísimo de los afectos individuales.

¿A qué responde pues el intento, nada sibilino, de denigrar la afición a los toros aun a costa de dañar a la economía madrileña, criminalizando a los millones de ciudadanos aficionados? ¿Cómo podemos explicar la actitud neoinquisitorial de quien, como la alcaldesa de Madrid, atesora una biografía de luchadora antifranquista? ¿Será quizá el empuje de jóvenes dirigentes sin ese bagaje de lucha y desconocedores del fuerte vínculo que históricamente ha tenido la izquierda con el mundo de los toros? (Véase al respecto el erudito artículo de Paco Aguado sobre los toros y el PCE en el número 25 de Cuadernos de Tauromaquia). Pero, si no es la hipótesis de la ceguera, ¿podemos achacarlo a los prejuicios? Difícil en todo caso de justificar para quienes pretenden encarnar la máxima expresión de la tolerancia como seña de identidad de la autodenominada nueva política. Y entonces, ¿por qué esa obstinación antitaurina? ¿Es sólo la defensa de los animales como prioridad combativa? Ello implicaría no tener en cuenta que el mundo de los toros no es un mundo monolítico y que, como expresión de la sociedad, se haya también fragmentado entre diferentes sectores y grupos en pugna por el control y dominio de los recursos que generan. Eso supone la existencia de intereses no siempre conciliables y, por tanto, conflictos entre grupos oligopólicos que controlan la gestión de plazas, la representación de las principales figuras o ganaderías señeras, a menudo bien conectados con los poderes políticos, y sectores de profesionales vulnerables, mal organizados, que a duras penas pueden vivir de la profesión y que, con frecuencia, tienen que compatibilizarla con otras actividades. Esos profesionales, picadores, banderilleros, novilleros, incluso torero o pequeños ganaderos, tienen unos derechos, como trabajadores y como ciudadanos, que no sólo resultan sistemáticamente ignorados sino que demasiadas veces además ellos mismo son relegados a seres de segunda categoría, víctimas (reales y no imaginadas) de un auténtico maltrato: el que se deriva de una inquisitorial concepción del derecho de los animales.

 

Juan Manuel Ramírez Cendrero

Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid

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