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Redacción - 11/01/2015
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Francia está de luto sin haber tomado toda la medida de la desgracia que la toca. Más allá de la libertad de expresión, unánimemente defendida por todo el país, es quizás el ideal de vivir juntos en la calma que acaban de poner en peligro los asesinos cegados por el odio.

El afán de sus jefes no es más que engrandecer la brecha existente entre las comunidades debilitadas por el sentimiento de abandono que resienten, para fomentar el caos y poner en inmersión la civilización occidental en una crisis sin precedentes. Reducir este espantoso drama nacional a un eslogan que se olvide de la mitad de más víctimas en el camino, y por lo tanto me pareció tan torpe como lo fue mi reacción cuyo objetivo era de decir que no solamente somos Charlie sino que también somos estos judíos y musulmanes sacrificados en el altar del odio racial, también somos estos policías asesinados a sangre fría durante el ejercicio de sus funciones. La libertad de expresión, de la que muchos pueblos están privados, es un derecho fundamental que impone a los que lo disfruten unas responsabilidades proporcional a la gravedad de los sujetos que tratan.

En numerosos países, su limite, para garantizar un mundo respetuoso de los demás se puso por delante de las humillaciones que se pueden causar a los que su situación, su cultura o sus creencias rinden herméticos al humor que les objetiva. No es lo mismo en Francia donde la libertad de decir o escribir lo que uno piensa es casi total, siempre que se respeta al políticamente correcto. Sin embargo es en esos caminos que nacieron las valores fundamentales de la República: libertad, igualdad, fraternidad. Y luego laicidad. Al nombre de esas ideas hubiese sido más juicioso, según mi parecer, asociar al nombre de Charlie al de todas las demás víctimas para que sus familiares no tuvieran el sentimiento que se sacrificaron dos veces.

Yo fui víctima de un atentado junto a mi familia, sé el horror que representa una situación así, cuando al traumatismo de la agresión se añade el de la indiferencia incluso de la ironía. La formulación de mi reacción demasiado lapidaria desgraciadamente no permitió, como mucha veces es el caso en las redes sociales, de comprender el sentido de mi pensamiento. Lo lamento mucho y pido disculpas en todos aquellos que se sintieron conmocionado. Siempre he denunciado los fanatismos y seguiré haciéndolo, cuidando mejor la explícita de mis dichos para que no haya ni malentendido ni amalgama.

André Viard

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