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"Me apreciaba como a un hijo, lo sé. Yo le quería como a un padre, él lo sabía"
Carlos Bueno - 15/09/2017

Me apreciaba como a un hijo, lo sé. Yo le quería como a un padre, él lo sabía. Hace más de 25 años me abrió las puertas de su hogar de par en par y desde entonces lo considero mío. Me contó con pasión mil y una batallas de su intensa vida, siempre con una sonrisa en la boca, sin melancólica nostalgia. Para él todo había sido positivo, nadie era malo, y claro, así era muy fácil que yo y cualquiera que le conociese le adorásemos. Se llamaba Ricardo Alarcón y falleció hace sólo unos días después de haber sido presidente de la peña Enrique Ponce de Chiva desde su fundación, cuando el pequeño Quique sólo contaba con 10 años de edad.

La idea fue del abuelo Leandro, que vio en su nieto un diamante en bruto y pensó que necesitaba tener un grupo de amigos que le siguieran y apoyasen. Y el abuelo tuvo claro desde el primer momento que no había mejor persona para poner en marcha aquel proyecto y ocupar el cargo de presidente que Ricardo, un chivano entusiasta de las tradiciones locales, como el torico de la cuerda, que se había ilusionado con el precoz torerillo y que además era un apasionado por el toreo, una afición que puso en práctica varias veces en las calles y hasta en la parte seria de algún espectáculo cómico taurino. Pero las circunstancias de la vida le deparaban otro puesto en el organigrama taurino.

Así es que hace 35 años Ricardo se hizo cargo de dirigir las riendas de una peña que fue creciendo a la par que el torero titular. El número de socios aumentó rápidamente, pero a pesar de que se inscribía gente de todas partes del mundo la peña nunca perdió su personalidad. Y es que Ricardo consiguió dirigir una peña grande con alma familiar. Su cafetería se convirtió en la casa de todos. Recibió a propios y extraños con una amabilidad extraordinaria, y con paciencia infinita les narraba una y otra vez los incipientes pasos de un chaval del pueblo que acabó convirtiéndose en el más grande de los toreros, sus primeras actuaciones siendo un chiquillo, cuando en la plaza de Chiva tiraban el mismo número carcasas que orejas había cortado allá donde torease o los cabreos que cogía el abuelo cuando las cosas no salían según él tenía previsto.

Ricardo Alarcón nunca buscó el protagonismo sino que dirigió la peña con tanto cariño como discreción. Se ganó a pulso el respeto de todos los aficionados y el cariño de cuantos tuvimos la suerte de conocerle, incluso llegó a ser profeta en su tierra y en 2010 el Ayuntamiento de Chiva le nombró “Ciudadano Honorífico” de la población en un acto tan emotivo como inolvidable. Ahora, con 90 años, su bondadoso corazón se acaba de apagar, pero no su recuerdo y su legado. Me dijo su hijo Santi, una de las cinco joyas que tuvo por hijos, que absolutamente todo lo que le enseñó en la vida fue bueno, y precisamente por eso le recordaremos siempre y le querremos siempre.

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