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Con casi lleno, Roca Rey corta las orejas del quinto, Juan de Castilla indulta el sexto, "Abrileño", y Ponce regala el bravo 7º acompañando la salida en hombros. Gran corrida de Juan Bernardo Caicedo
Jorge A. Díaz Reyes - 29/01/2018
Jorge A. Díaz Reyes
Jorge A. Díaz Reyes

La Santamaría vivió una tarde soleada y plena de fervientes emociones. Causante, un encierro buenmozo y de rico talante. Comenzó con alegres auspicios, ovaciones, saludos y una oreja. Todo eran amores. Mas promediando la corrida, cuando el tercero y el cuarto se pararon, el tendido sacó las uñas y se las mostró al ganadero. Pero, como son las cosas en los toros, al terminar no sabían dónde ponerlo; abrazos y espaldarazos, felicitaciones y hasta besos.

Siete negros (en Domecq), de respetables testas, bellas líneas y tonelaje propio, hicieron honor a la plaza. Decididos con los caballos en el monopuyazo, a veces leve a veces aleve. Cuatro nobles y bravos; primero aplaudido, segundo duramente picado e incomprendido por parte del público, sexto indultado y séptimo que al final se lesionó la mano izquierda. El quinto, encastado aunque sin mucho fondo. Juan Bernardo enseñorea la temporada nacional.     

Enrique Ponce, cabeza de cartel y padrino de confirmación, fue recibido como ídolo. Saludó estruendosa ovación de bienvenida e invitó sus jóvenes alternantes a compartirla. Luego, como sin querer queriendo, desgranó su toreo señorial, pausado, plástico, desmayado y fácil, marcando sin proponérselo una enorme diferencia. Una enorme distinción mejor, esa sería la palabra justa. Sin embargo, cometió algunos dislates. No dosificar el castigo al buen segundo que terminó pagándolo al final y arrebatándole la victoria estadística. Asomar la punta del estoque por los bajos del cuarto y no matar a ley el regalo. Pero eso quizá sea lo de menos. Por lo demás, maestro, irrefutable, conmovedor.

Desde los primeros majos lances, dueño de las embestidas, rector de la velocidad, autor de imágenes siempre congruentes con el toro, marcapaso de la plaza. Todos fijos en él, admirados, tratando de resolver ese misterio de poderle así a los animales y a ellos mismos. El cuarto se aculó en tablas y no se movió. Entonces, Luis Noé y yo nos miramos y dijimos al unísono —¡Ni Ponce! —Como decían hace siglo y medio de Lagartijo ¿No? Después, viendo que los imberbes se le iban a hombros, regaló el bravo séptimo, lo toreó de maravilla hasta que se baldó y encima lo pinchó y le puso la espada desprendida. Pero la fanaticada se empeñó en cargarlo y le formaron un lío al palco que terminó cediendo.

Andrés Roca Rey, silenciado con el manso tercero, sacó la tarde del bache, construyendo con la furia del quinto un lujoso tercio de capa. Cuatro verónicas, tres medías, tres chicuelinas y otras tres medías, todas estas muy bajas, ligadas con una brionesa, un cambio de mano circular, una revolera y la plaza que se caía. Cogió la muleta y se tiró de rodillas pasándose el toro por el pecho y sorpresivamente por la espalda, dos y dos veces, hasta que quedó a Merced siendo salvado solo por un quite providencial de Domínguez. Terco, vuelve a postrarse para tres más en redondo y el de pecho, y arriba, ovación va, música viene. Una gozada, un parrandón. Y el temple, redondo circular, encadenado. Para un lado y el otro. A toro arrancado, la estocada de la tarde, fulminante, patas arriba, las dos orejas indiscutidas y la vuelta carnestoléndica. De allí en adelante la historia fue otra.   

Vino Juan de Castilla, que solo había saludado tras lidiar el gran toro de su confirmación, al que ha debido cortarle las orejas. Vino, decía, e indultó el inagotable sexto, con una faena de predominio derecho, pero entonada y consonante que fue vivida pasionalmente por el paisanaje. "Abrileño", con sus cualidades hubiese podido avergonzar a muchos. A él no. Los oles y la banda se lo decían en cada suerte mientras trazaba concéntricos los viajes, una y otra vez. Mandaba. En un sentido y en otro. El paisa en vena, amagó la igualada varias veces, pero la gritería perdonavidas le hacía desistir, hasta que consiguieron indultar al no picado.  Ya no había más que decir. Luego todo fueron congratulaciones. Bogotá eran una fiesta que paliaba tantas y tantas vicisitudes.

FICHA DEL FESTEJO

Domingo 28 de Enero 2018. Plaza de Santamaría. 3ª de temporada. Sol. Casi lleno. Siete toros de Juan Bernardo Caicedo, bien presentados y de juego diverso. Aplaudidos 1º y 7º, indultado el 6º "Abrileño" Nº 850, cuatreño, negro cornivuelto de 486 kilos.

Enrique Ponce, oreja, silencio y oreja

Andrés Rocar Rey, silencio y dos orejas

Juan de Castilla, saludó y dos orejas simbólicas

Incidencias: Saludaron: Jaime Devia en el 1º, Ricardo Santana en el 2º, Emerlson Pineda y "El Piña" en el 6º. Al terminar la corrida salieron a hombros. Enrique Ponce, Andrés Roca Rey y Juan de Castilla.

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