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Carlos Alonso - 07/03/2016

La temporada del cambio, de las oportunidades para los jóvenes, de la reivindicación de la Fiesta. Palabras que suenan bonito para la defensa de un arte sin artificios.

Un año crucial para dar a conocer nuestra tradición y para afianzar nuestras raíces. Ha llegado la hora de luchar por lo que amamos y de atraer a los que no están en contra pero no son aficionados.

Antes de todo esto, tenemos que recordar que los festejos taurinos son espectáculos. Uno de sus objetivos es entretener y si la suerte esta de nuestro lado, las emociones brotarán en los recintos acotados.

La vida y la muerte se retan en un tiempo limitado. El toro pisa la arena dispuesto a embestir a la mínima provocación. Son fieras traídas del campo con las que un hombre crea arte. Las telas guiadas con coordinación de brazos y piernas engañan a las embestidas y el bordado de los vestidos refleja la angustia de un grito contenido.

Pocos son los hombres que consiguen atornillar sus pies al albero para sentir de cerca el perdón de un aliento. El miedo aleja a los corazones más débiles de un peligro real o imaginario. Los toreros son los elegidos con el don de la gallardía. Son héroes que desafían al destino y que consiguen desatar pasiones con su valor en los graderíos.

La evolución de las épocas ha refinado al animal y al hombre. Los instintos defensivos han dejado paso al temple entregado que gira al compás que marcan muñecas y cinturas. El tercio de varas ya no empapa los ruedos de sangre equina. El peto es el primer examen que debe superar el animal bravo y los puyazos son el castigo preceptivo que descongestiona y cataloga.

Todo lo que les he contado parece claro y sencillo pero ya lo dice el refrán: "Dios propone, el hombre dispone y el toro lo descompone".

Este fin de semana abrían sus puertas Castellón y Olivenza. Corridas y novilladas con espadas interesantes y con ganaderías provenientes del escaparate Domecq.

De uno en uno fueron saliendo astados de condiciones similares: nobles, flojos, de escasa raza y nula transmisión. Todo lo contrario de lo que la Fiesta de los toros necesita ahora. La honrosa excepción fue Núñez del Cuvillo. En Olivenza lidió un conjunto aceptable, mejor para los toreros que para el ganadero, siendo tercero y cuarto premiados con la vuelta al ruedo.

Se plantearon faenas, se sumaron muletazos y recaudaron trofeos. Buena noticia si a este castillo no le fallaran los cimientos: el toro.

El hombre tiene que poder al enemigo, no cuidarle y mimarle como se dice ahora. El tercio de varas no puede reducirse a un mero trámite y los trasteos no pueden finalizar siempre con un arrimón ante un cornúpeta parado y sin recorrido.

La selección en el campo tiene que recuperar el terreno ganado por la nobleza manejable y buscar esa emoción que solo tiene la bravura.

De momento, en los primeros compases del 2016, ha faltado toro.

 

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