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Carlos Bueno - 29/09/2015

La recién finalizada Semana de Toros de Algemesí, una feria que paradójicamente siempre duró más de siete días, ha dado como balance el éxito como norma. Nueve actuantes salieron a hombros y sólo una sola tarde se quedó la puerta grande por abrir. Evidentemente no todos los triunfos tuvieron el mismo valor, pues según el diferente criterio que cada festejo imperaba en el palco presidencial las orejas tenían una cotización u otra. Sea como fuere, hay que entender que Algemesí es una plaza abarrotada por espectadores amables que acuden al coso con ánimo de alentar al torero.

El ambiente festivo impera en las calles y en los tendidos huyendo de exigencias y reglamentarismos estrictos. Cada ruedo posee su idiosincrasia, y el que no tiene personalidad difícil pervivencia se le augura. Algemesí siente una identidad propia que roza el chovinismo. Todo el mundo es bienvenido y a todos se les explican las magnificencias de una fiesta singular presumiendo de carácter único. Y mientras eso continúe siendo así, en la Semana de Toros se seguirán otorgando más orejas y más puertas grandes de las justificables, pero la feria se perpetuará.

Quizá ese sea el secreto de unas fiestas que se pierden en la memoria de los tiempos. El Archivo Municipal local conserva informes que constatan que ya hace casi 400 años se corrían toros hasta la plaza donde hoy se siguen celebrando los festejos; otros que confirman que a principios del siglo XVIII se montaban dependencias de madera para albergar los toros, la materia prima que continúa empleándose; y también hay documentos que datan la construcción de los primeros graderíos hace más de 150 años, unos tendidos con la misma fisonomía que la actual.

Quizá parte del éxito taurino de Algemesí sea la alegría con la que su gente vive la fiesta, y en ello va también el triunfo general de toros y toreros. Pero sin duda, el gran secreto de la longevidad de esta feria se debe a la participación popular. Se trata de un ciclo que, desde su nacimiento, siempre ha organizado el pueblo. La Comisión Taurina, formada por un miembro de cada peña que ocupa la plaza, se encarga de principio a fin de la confección de los carteles, contrataciones y administración. Todo lo deciden y todo lo trabajan ellos. Los peñistas elevan y desmontan el coso cada año, venden las entradas y se ocupan de la intendencia de sus abonados. Y el público es partícipe de la fiesta en la plaza, en los encierros y en las casetas donde la gastronomía es protagonista a diario.

Sin duda Algemesí es un ejemplo de organización que este año ha vuelto a dar como resultado que los tendidos se abarrotasen de gente amable y predispuesta a disfrutar con los éxitos de los toreros. Siempre hay cosas que mejorar, por supuesto, una de ellas sería potenciar su promoción y otra intentar unificar los criterios de las diferentes presidencias para que, dentro de un ambiente generoso, se acotasen esos excesos que hay quien aprovecha para desprestigiar a una feria única, y no es chovinismo.

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