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Carlos Bueno - 13/09/2016

Se ha hablado tanto del buen ejemplo taurino francés que ya parece un tópico. Pero el hecho es que es una verdad vigente e irrefutable. Y no me estoy refiriendo solamente al funcionamiento interno de la Fiesta en Francia, a la manera de intentar hacer justicia contratando a quienes están bien en los ruedos y apartando a quienes defraudan. Siendo eso relevante, tanto o más importante me parece el apoyo político que los toros reciben del gobierno central, el buen ambiente general que se vive en las ciudades en feria y el esmero que ponen cuidando los mínimos detalles.

Tuve la dicha de estar el pasado fin de semana en Arlés, y desde que entré en su casco urbano pude percibir el aroma taurino que inundaba sus calles. Carteles, panfletos y motivos taurinos se repetían por doquier, no solamente alrededor de la plaza. En las cartas de los restaurantes no faltaba la carne de toro de lidia. Las librerías reforzaban su oferta de literatura taurina y organizaban presentaciones y firmas de libros con la presencia de toreros. Prácticamente todos los escaparates de los establecimientos lucían decoración taurómaca. Discotecas y pubs preparaban fiestas flamencas, y la gente hablaba de toros sin tapujos ni reparos. Una envidia.

Por momentos me pareció estar más en España que en territorio galo. Me pregunté por qué tantas veces los españoles renegamos de lo nuestro, de nuestra cultura, de nuestras tradiciones, de nuestra historia… por qué a veces somos tan intransigentes e insolentes con nosotros mismos, pero no hallé respuesta. Será que es nuestra forma de ser y ya está. Quizá nos haría falta comprobar in situ que el ejemplo francés de aceptación de otras culturas es la mejor medicina para crecer en tolerancia, respeto y democracia.

Y tan primoroso o más que el ambiente fuera del ruedo, fue el mimo que percibí en el cuidado de todos los pormenores dentro del coso. Pasodobles elegidos para la ocasión, un violinista portentoso que le dio un halo de majestad al evento, el albero pintado de forma exclusiva… y los aficionados pendientes de cuanto acontecía sobre la arena y exigiendo seriedad en las actuaciones de coletudos y astados.

No sé si la suma de todos estos factores -amparo institucional, respeto social, aceptación cultural y esmero en los detalles- es lo que conforma el secreto del éxito taurino francés, es muy probable. Lo que puedo afirmar es que Arlés fue una delicia, un oasis de tranquilidad en los tiempos revueltos que nos está tocando vivir en España. Si las cosas no se hacen mejor a este lado de los Pirineos quizá en un futuro haya que ir a Francia para ver corridas de toros. Ojalá no, pero no sería la primera vez que el país vecino nos da ejemplo de comportamiento anti dictatorial. 

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