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Carlos Bueno - 21/07/2015

El final de los encierros sanfermineros de este año ha arrojado datos extraordinarios en lo que se refiere a número de participantes, impacto económico en la ciudad de Pamplona e índices de audiencia televisiva.

Un nuevo éxito en toda regla. Echo de menos imponerme la obligación de estar pegado a la pantalla a las ocho de la mañana. Aunque, la verdad, retransmisión tras retransmisión se realizaban observaciones, diagnósticos y razonamientos que acababan “cargándome” un poco. Correr delante de un toro tiene mucho mérito pero da poco para el análisis pormenorizado de técnicas inexistentes por mucho que algunos comunicadores se empeñen. Generalmente el valor, algunas veces la inconsciencia y unas buenas piernas son el secreto que rigen las carreras de los mozos. Durante los sanfermines algunos medios han equiparado el conocimiento de los corredores a la maestría de los matadores, y eso me parece una auténtica osadía, lo mismo que afirmar que los toros que van a Pamplona son entrenados para la ocasión como si de atletas de élite se tratara. Pero aún teniendo que escuchar demasiado a menudo dictámenes y comparaciones forzadas, a mí, como a la mayoría de congéneres, me encanta San Fermín y gran parte de lo que esa fiesta significa.

El secreto del éxito de los encierros es su carácter popular. Se trata de la fiesta del pueblo que se vive en la calle y que, además, es gratis. Sí, gratis. Los toros se pagan en la plaza, pero no fuera de ella. Por eso en la calle no cabe un alfiler, como pasa en “els bous al carrer”. Pero además, el coso pamplonés también se llena día a día. Y el secreto continúa siendo el mismo: los peñistas pueden ir a cada corrida por sólo diez euros. Blanco y en botella. Los toros interesan en la calle y en la plaza, pero el precio de las entradas se convierte en un escollo para muchos aficionados afectados por la maldita crisis económica que continúa azotándonos.

Está muy bien que el sector taurino se muestre unido ahora que se anuncia tormenta política sobre el asunto taurómaco. Es fundamental que los aficionados al toro en la calle y en la plaza luchen en la misma dirección. Sería fantástico que los profesionales apoyaran más visiblemente a los aficionados que se manifiestan a favor de los toros. Pero lo más urgente es que los empresarios hagan valer su fuerza para reclamar una bajada de impuestos que revierta en el precio de las entradas. Es imperativo rebelarse ante las administraciones que imponen cánones de arrendamiento abusivos y exigir una reducción de cargas económicas cuando se organizan novilladas ¿O acaso paga los mismos gravámenes el deporte base que el profesional?

Aplicar unos precios más baratos en general, y especialmente en los espectáculos menores, es asegurar una clientela de futuro. Y con las plazas llenas a ver quién osa atentar contra los toros. Ese debería ser el objetivo primero.

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