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Se levantó de la silla despacito, con el mismo temple con el que torea. También podía parecer que se levantaba con la dificultad de un derrengado, como antes le había ocurrido el 22 de julio. Sea lo que fuere se incorporó ceremonioso de su asiento en la primera fila, como requería el momento.
Carlos Bueno - 22/12/2017

Se levantó de la silla despacito, con el mismo temple con el que torea. También podía parecer que se levantaba con la dificultad de un derrengado, como antes le había ocurrido el 22 de julio. Sea lo que fuere se incorporó ceremonioso de su asiento en la primera fila, como requería el momento. Cabizbajo se abrochó la chaqueta todavía de espaldas al público. En esta ocasión vestía un traje oscuro que contrastaba con el chispeante blanco que lució en el ruedo el día de los hechos. Se volvió con parsimonia hacia los espectadores mientras la ovación se convertía en estruendo. Un estruendo sincero, entregado, glorioso.

A Paco Ureña le brillaban los ojos de forma especial, como nos brillaban a todos y cada uno de quienes le aplaudíamos con inusitada fuerza, tanta que nos dolían las palmas de las manos. Pero era un dolor necesario para distraer la atención de nuestros ojos y conseguir así que evitáramos derramar alguna lágrima, porque nadie quería parecer un penoso sensible ante aquel majestuoso héroe que, sin embargo, nos miraba sin vernos porque sus ojos también albergaban unas incontenibles lágrimas que le impedían distinguir nada de cuanto estaba frente a él.

Irguió la figura y, con los destellos de las pupilas de quienes le contemplábamos admirados, su traje oscuro se iluminó como antes lo había hecho el blanco vestido de luces. Ureña lo consiguió de nuevo. Sí, tal cual había sucedido aquel 22 de julio en Valencia la emoción volvió a inundar el auditorio, entonces la plaza de toros y en esta ocasión el salón donde se le entregaba el merecido premio a su inolvidable actuación. Los presentadores del acto apenas pudieron mencionar su nombre para que subiese al estrado a recoger el galardón. Los aplausos continuaban mientras el torero, visiblemente conmovido, accedía al escenario. “Gracias al toro”, dijo en su discurso, “en torno a él gira la Fiesta y sin él nada de esto sería posible”, creí entender mientras las palmas subían decibelios y las manos dolían de tanto pretender sujetar las lágrimas.

La actuación de Paco Ureña en la última Feria de Julio de Valencia fue una oda al valor, a la disposición, al compromiso, a la vergüenza torera, a la entrega absoluta. Fue demostrar que a veces parece que no hay nada imposible, que los milagros existen si uno está convencido de ello y se empeña de verdad. Fue el mejor argumento para conferirle al torero la condición de héroe. Le cogió el toro de forma dramática, casi fatal. Le dejó inconsciente y prácticamente inútil. La ceja abierta, tres costillas rotas, la vestimenta destrozada, sangre por doquier. Un Ecce Homo.

De tal guisa y contra todo pronóstico salió de la enfermería para lidiar a su segundo antagonista y demostrar que el torero, además de héroe es artista. Se abandonó a la inspiración, a la creación. Se olvidó del cuerpo y toreó con el alma, que parecía marcharse tras cada embestida. Se atornilló al albero y marcó los viajes del toro alrededor suyo. Caricia y mando total, por abajo y en redondo. Luego se volcó en la suerte suprema. Una de las estocadas del año. La épica y la lírica se daban la mano. La emoción todo lo inundaba.

Tuve la dicha de ser quien editara los vídeos para la gala de entrega de trofeos de la Diputación de Valencia, esa en la que Ureña se levantó despacito, quizá con dificultad. Y a pesar de que las frías imágenes nunca acaban de transmitir la excitación que se siente en vivo, y a pesar también de que yo había estado presente en la plaza el día de la gesta del matador murciano y que, por tanto, no podía experimentar el factor sorpresa, volví a estremecerme mientras montaba las imágenes.

Lo que no podía imaginar es que en la ceremonia de hace sólo unos días se me iba a erizar la piel por tercera vez. Visto lo visto no fui el único, desde luego. El público explotó antes de que terminara la proyección. Los aplausos silenciaron la música de fondo y la voz de los presentadores. Paco Ureña se levantó despacito, posiblemente con dificultad, y la emoción volvió a inundarlo todo. Pero eso ya lo he contado. Y es que el toreo es algo muy grande. Y es que Ureña fue muy grande. Todavía tengo adormecidas las palmas de las manos. Bendito dolor.

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