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Carlos Bueno - 22/03/2016

Terminó la Feria de Fallas de Valencia con notable éxito empresarial. La apuesta de Simón Casas por los nuevos valores del escalafón de matadores ha salido ganadora y la incógnita de cómo resultaría la respuesta de público se ha saldado en positivo. Además del festejo de rejones, la plaza se vio llena prácticamente cinco de las ocho corridas de toros programadas y en otras dos se sobrepasó el medio aforo. Ese es el primer triunfo del serial, la gran afluencia de espectadores que, aún persistiendo la crisis económica, han hecho el esfuerzo de ir a los toros en una clara demostración del interés verdadero que tiene el espectáculo y del atractivo de los carteles programados.

No quedó decepcionada la concurrencia en lo que a disposición y entrega de los coletudos en general y de los más jóvenes en particular se refiere. Sin embargo hay que cuidar dos cuestiones prioritarias para que la venta de entradas continúe la tendencia al alza: la bravura y la comodidad.

La mansedumbre ha sido el defecto general de los toros que salieron al albero valenciano a lo largo de todo el ciclo josefino. La gran mayoría de las orejas cortadas se otorgaron gracias al oficio, a la raza y al valor de los toreros, que apenas contaron con antagonistas con un mínimo de virtudes para ejecutar el toreo en mayúsculas. Siendo generosos, se podrían salvar de la quema del descastamiento un ejemplar de Todos de Cortés, otro de Domingo Hernández y uno más de Juan Pedro, que sin duda fue el que mejor juego dio en el último tercio después de ser cuidado al máximo en varas. Malos augurios para esta temporada si la falta de raza sufrida en Valencia sigue propagándose.  

Y la comodidad… Que el coso de Valencia, como otros muchos, es monumento histórico-artístico es una realidad. Que la tauromaquia es un espectáculo ancestral que tradicionalmente se ha observado desde un banco de piedra y a la intemperie también. Pero vivimos en el siglo XXI, donde cualquier oferta de ocio brinda las mayores comodidades de aposento y temperatura, y los toros no pueden quedarse atrás si no quieren acabar echando a la gente. En Valencia por Fallas hace un frío hiriente. El aire de levante corta la piel y mete la humedad hasta los huesos y no enfermar a lo largo del serial es prácticamente un milagro. Pagar una media de 77 € por tarde (la entrada más barata vale 12 € y la más cara 142 €) y estar expuesto al viento y a la lluvia no parece una buena idea.

Estoy convencido de que hay soluciones para ofrecer un mínimo de bienestar al respetable sin profanar la arquitectura de edificios tan emblemáticos. Si el negocio taurino se preocupa de cuidar a la clientela procurándole un mínimo de confort y de criar toros bravos de verdad, el futuro parece estar asegurado. La nueva hornada de toreros viene arreando fuerte y las figuras de siempre siguen resistiéndose a ceder. El espectáculo parece estar asegurado. Así ha quedado patente en la Feria de Fallas 2016. Es cuestión de bravura y comodidad.

 

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