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Carlos Bueno - 21/06/2016

Hace sólo unos días, Toni Gaspar, diputado de Asuntos Taurinos de Valencia, ofreció en el Ateneo Mercantil de la capital del Turia una conferencia en la que expuso sus planes para la plaza de toros levantina y se posicionó en relación a los últimos acontecimientos políticos que tanto hostigan al sector taurómaco. Su discurso fue una delicia; un ejemplo del aplomo, serenidad y educación. Dio gusto oírle hablar con un talante tan respetuoso y conciliador de quienes aborrecen y atacan a la tauromaquia de forma despiadada y, en demasiadas ocasiones, sin conocimiento de causa. En esencia, el diputado aconsejó no entrar a las continuas provocaciones de los antis y apostó por intentar ser lo más didácticos posible para mostrar la realidad social, económica, ecológica y emocional que supone el mundo del toro.

Fantástica teoría si la otra parte estuviera dispuesta a prestar atención. Pero ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que aquel a quien no le da la gana escuchar. Así que me temo que poner la otra mejilla no acabará funcionando por mucho que el bueno de Toni Gaspar se empeñe en proponer un diálogo fluido y cortés. La realidad actual es que los grupos políticos que pretenden acabar con todo lo que tenga que ver con el toreo, no consideran argumentos ni dan explicaciones y avanzan sin cesar en su camino hacia la abolición. 

De los centenares de ejemplos que se podrían exponer basta con recordar que Pablo Iglesias, Secretario General de Unidos Podemos, anunció que si consigue gobernar en España modificará la Ley que ampara la tauromaquia como Patrimonio Cultural, sin prestar la mínima atención al Informe Económico de la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos que le entregó el empresario Óscar Chopera, en el que se reflejan los 1.600 millones de euros de impacto económico que la tauromaquia tiene en España, y que por cada euro invertido el toreo genera 2’8 euros.

Otro caso que sorprende es la actitud de Mónica Oltra, líder de Compromís y socia de Unidos Podemos en Valencia, que últimamente parece encontrarse muy incómoda cuando los aficionados le reprueban en sus mítines su política prohibicionista. Parece que ya ha olvidado que el activismo era su bandera hace sólo unos meses, cuando todavía no ocupaba cargo en el gobierno y ahora no mide con el mismo rasero a quienes sólo les queda la protesta para hacerse oír. Quizá si su partido hubiese tenido la decencia democrática de escuchar a los aficionados -que se han hartado de pedirle audiencia con el no por respuesta- la situación actual no sería tan incómoda para todos.

El entendimiento con quienes no tienen la mínima intención de dialogar es pura quimera, y, por tanto, poner la otra mejilla cuando ellos imponen su voluntad de forma partidista y dictatorial sin respetar la libertad del pueblo sólo sirve para salir con la cara partida. La teoría del diputado valenciano es maravillosa, pero la realidad es que si queremos que la tauromaquia perviva sólo valdrá aplicar la ley, avalada por cuantos informes haga falta, por supuesto, pero poniendo en manos de la justicia todo cuanto se salga del derecho constitucional.

Entiendo que en ocasiones los políticos no pueden llevar a cabo lo que quieren porque deben rendir pleitesía a sus socios de Gobierno. Pero vivir subyugado no es honorable para la clase política ni justo para los ciudadanos. El quid de la cuestión es que entiendan que las prohibiciones sólo nos acercan a regímenes totalitarios y que sólo la pluralidad es la base de la democracia, como afirmó Toni Gaspar en un discurso cargado de buenas intenciones pero de utópica realización.

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