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"Las once de la noche. Puntuales sonaron las tres carcasas. Boom, boom, boom…"
17/10/2017

Las once de la noche. Puntuales sonaron las tres carcasas. Boom, boom, boom… y el murmullo subió de intensidad de forma significativa. En la plaza Mayor no cabía un alma más. Se había inundado de público en tan sólo diez minutos, los que separaban el pitido final del partidazo de Liga y el sonido de las tres carcasas. Los miembros de la Comisión lo tenían todo preparado. Desde arriba del cajón ya habían atado al torazo por los cuernos y la cuerda se prolongaba hasta el centro del recinto. Sonaron los tres cañonazos, se levantó la puerta del cajón y de súbito un puñado de gente se agarró a la cuerda para tirar del ejemplar de Bañuelos hasta fijarlo en el pilón. A media docena de metros de allí no se podía ver al astado, tal era el tumulto que se agolpaba a su alrededor y que sólo desapareció en el momento de prender fuego a las bolas. El valiente de turno cortó la cuerda mientras un compañero le protegía agarrando del rabo al toro, que salió arreando hacia el centro de la plaza al tiempo que unos huían despavoridos y otros lo rodaban con maestría.

Por la tarde, sólo unas horas antes, se había dado suelta a un Lagunajanda de descarada cornamenta en el mismo recinto y aparentemente con el mismo poder de convocatoria. Pero la embolada de la noche siempre tiene algo especial. La expectación es mayor. El run run se palpa en el ambiente. Se vive con una emoción diferente. Y esta embolada tampoco defraudó. ¿Cómo no va a resultar un éxito cada festejo de la calle si son los propios aficionados quienes los fecundan y los paren de principio a fin? Se compra lo que interesa y se le efectúa un férreo seguimiento, sin intermediaros ni intereses de terceros. Siempre he defendido que los profesionales del toreo deben aprender de los aficionados de la calle, de su manera de organizar los actos, de programar sus acontecimientos y sobre todo de vivirlos.

No, no decepcionó la presentación del de Bañuelos, generoso de anatomía e imponente en sus primeras carreras. Pero los animales, como las personas, también sufren achaques, y extrañamente el toro se vino abajo pronto, demasiado pronto para ser sólo a causa del cansancio. Se aquerenció, dobló las manos y dejó de exhibir su figurado esplendor. El momento tuvo cierta magia porque en el aire se respiró un halo de sensibilidad, de pena, de aflicción, de tristeza. Se sentía lástima por tan imponente animal que dejaba de lucir su poderío. No hubo ni un solo intento de pedirle un postrer esfuerzo al toro. Nadie esbozó un reproche. Todos estuvieron de acuerdo en liberarlo de inmediato de los herrajes y retirarlo sin la mínima exigencia más.

Y yo me pregunté ¿dónde están los bárbaros primitivos? ¿Quiénes son los torturadores insensibles? Desde luego que no son los aficionados a los toros. Ellos no son peores personas que los autodenominados animalistas que enarbolan la bandera del buenismo. En la calle, como en las plazas, hay gente que exige al toro lo que puede y debe dar como tal, al caballo lo del caballo y al perro lo suyo, que al final es lo lógico. En la calle hay gente que daría su vida por el toro, a cambio de nada, sin dinero de por medio, aunque no parezca tener explicación. Y afortunadamente, el próximo fin de semana volverán a celebrarse multitud de festejos populares donde deberían mirar los profesionales del toreo y donde la actitud de los aficionados será de nuevo un ejemplo para la sociedad, argumentario buenista barato aparte.

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