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Carlos Bueno - 28/06/2016

No había manera de que el estoque entrase. Francisco José Palazón pinchaba una y otra vez arriba pero no conseguía hundir más de media espada. El tiempo pasaba y los avisos sonaban. Tampoco acertó con el descabello y el tercer toque de clarín no se hizo esperar. Abatido el torero se retiró al callejón. Mientras devolvían al toro a los corrales se le acercó Manuel Escribano intentando dedicarle unas palabras de aliento. Entretanto, Paco Ureña, que completaba el cartel, se mantenía a distancia sin aparentemente inmutarse. Yo divisaba los hechos desde mi asiento de tendido complacido por el detalle de Escribano y contrariado por la actitud de Ureña.

Dejarse un toro vivo es un accidente que le puede ocurrir a cualquiera. No creo que sea un demérito si no va precedido de inhibición, y Palazón fue todo compromiso, nunca desentendimiento. Su objetivo y misión era triunfar. No le valía otro desenlace. Siempre he defendido y seguiré haciéndolo que es muy probable que la situación del torero alicantino no sea justa, que perdernos su tauromaquia es un despilfarro para el toreo. Pero luchar contra el sistema a veces es más complicado que enfrentarse al toro. Palazón ha demostrado sobrado toreo excelso para estar bien posicionado en el escalafón, y sin embargo en las últimas temporadas sólo le ha cabido la posibilidad de anunciarse con dos corridas de Adolfo Martín que no favorecen su particular puesta en escena. Es como pretender que un ciclista escalador gane un sprint o un sprinter venza en una etapa de montaña. Aún así, y a pesar de su falta de oficio, Palazón dibujó varios pasajes sin salirse de su personalidad y dio la cara en una tarde a contra estilo que no acabó resultando como deseaba.

Decía que Ureña no le había dicho ni ‘mu’ después del accidente de los tres avisos. Pero el murciano tenía un as guardado en la manga, algo que llegó al corazón de todos los espectadores y que le honra. Le brindó su faena ante una plaza que explotaba en aplausos mientras Palazón se esforzaba en contener las lágrimas. "Ánimo, es sólo un contratiempo, no decaigas que tú vales mucho", debió decirle el bueno de Paco Ureña en un brindis que me emocionó y me hizo entender por qué antes no se había acercado a consolar a su compañero. No era el momento. Cosas de toreros, de hombres de verdad.

Sucedió el pasado 25 de junio en Alicante, una tarde en la que Ureña volvió a demostrar el gran momento por el que atraviesa, la misma en la que Escribano resultó corneado de gravedad después de llevar a cabo dos de las faenas más macizas y rotundas que le he visto. La tarde en la que a Palazón no pudo desplegar su toreo y en la que sucedieron cosas de toreros machos y de hombres que conservan valores perennes.

PD: Todo mi reconocimiento, ánimo y deseos de pronta mejoría a Manuel Escibano, cogido al entrar a matar con rectitud y entrega al segundo de su lote. Sin duda firmó dos actuaciones en las que además de corazón puso verdad; además de seguridad, abandono; además de oficio, sentimiento.

 

 

 

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