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Carlos Bueno - 06/06/2017

Decir que estuvieron dignos, en este caso, no es suficiente. Dignos, meritorios o estimables se queda corto. No, dignos no es el adjetivo. Estuvieron grandes, muy grandes, fantásticos, casi milagrosos. Porque es prácticamente un milagro hacer el paseíllo por primera vez en la temporada, que además sea en Madrid, que encima se lidie un duro encierro de Cuadri y que al finalizar el festejo todo el mundo coincida en que los toreros estuvieron dignos.

Pues no, dignos no hace honor a la sinceridad que expusieron Fernando Robleño, Javier Castaño y José Carlos Venegas en Las Ventas el pasado domingo. Y su sinceridad, en este caso, es mucho más complicada de lo que pueda parecer porque el instinto de supervivencia anima a buscar ventajas cuando uno no tiene la seguridad que da el haber toreado con la mínima continuidad. Primera corrida del año para Robleño y Venegas; sólo la segunda para Castaño, que además superó un cáncer hace sólo unos meses. Los tres entre los seis y los nueve paseíllos efectuados el año pasado, exiguo bagaje, y en sus carteles habitualmente las divisas de Miura, Adolfo, Moreno Silva, Escolar, Partido de Resina, Palha… hierros que invitan a una lidia de defensa más que a abandonarse al toreo de inspiración.

Y los tres llegaron a Madrid el domingo con un esportón vacío de equipaje pero lleno de compromiso, valor, disposición, agallas y verdad. Verdad entregada. Y el milagro de estar mucho mejor de lo que sería lógico cuando no se torea, cuando no hay respaldos fuertes que ofrezcan contratos para ir rodándose, cuando no hay caballos blancos que pongan dinero para comprar toros a puerta cerrada. Es el milagro de los toreros que lo son porque así los parieron, lleguen o no a ser figuras. El milagro de quienes parecen querer demostrar que el método funciona bien a pesar de que no es el más razonable.

Quien no dispone del amparo de un apoderado influyente se queda parado a esperar el milagro. Mal lo tiene aquel que no cuente con un apoyo importante por mucho que torero le hayan parido. Peor es el caso para la novillería, que es lo mismo que decir que oscuro se atisba el futuro. Me lo repetía hace un momento mi buen amigo Víctor: “Mientras no sea incompatible ser al mismo tiempo empresario y apoderado el sistema no será justo, ni siquiera lícito”. Es un tópico, pero es cierto. El poderoso decide que torean los suyos y quienes tienen algo para compensar. El resto a rezar para que llegue el milagro. Y de vez en cuando incluso se produce, lo que maquilla la inmoralidad de un régimen demasiadas veces tirano.

Hay antitaurinos detrás de pancartas, pero también los hay dentro del sector. Quiero pensar que no son conscientes de serlo, quizá porque de tanto en tanto suceden milagros que nos dejan sin argumentos a quienes pensamos que todo podría ser mejor. Quién sabe, a lo mejor es que mi amigo Víctor y yo estamos confundidos. Pero en Las Ventas, Robleño, Castaño y Venegas no estuvieron dignos sino grandes, fantásticos, casi milagrosos, en eso no admito que me equivoco. 

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