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Carlos Bueno - 28/04/2015

La recién finalizada Feria de Abril me ha desconcertado más si cabe que la del año pasado. Recuerdo la primera vez que vi toros en Sevilla. Domingo de Resurrección de 1997. Curro Romero, Joselito y Ponce en el cartel. Antes de entrar al incomparable coso de El Baratillo estaba convencido de que a Curro le iban a jalear cualquier atisbo de toreo bonito. Hasta yo iba concienciado de hacerlo. Menudo era mi Curro. Pero no, no fue así.

No acabó de asentarse el Faraón en las primeras verónicas y la plaza hizo gala de su sepulcral silencio. Por mucho que algunos lances surgían templados y bonitos -repito lo de bonito porque es el concepto que en este caso me importa- sólo se escuchaba el piar de los gorriones y las pisadas del astado. Pero fue encajarse de riñones el de Camas, adelantar la pierna, enganchar al toro adelante con el diminuto capotillo, arrastrar la bamba sobre el albero, fundirse con la anatomía del animal, acompañar su viaje con el pecho, cargar la suerte… y la Maestranza romper en un seco “ieeé”, que es una mezcla de “bien” y “olé” pronunciados en décimas de segundo. “Ieeé”, a cada verónica, cada vez que el artista le ganaba un paso al burel… “ieeé”. Se me erizó la piel, se me encogió el alma. En el ambiente flotaba un sentido especial para captar la calidad, para diferenciar lo simplemente bonito de lo bueno, para emocionarse cuando confluían ambas acepciones.

La pasada temporada, coincidiendo con una importante merma de abonados -quizá provocada por la desbandada de algunas figuras- un público poco habitual hizo acto de aparición en las gradas maestrantes. Y los peculiares silencios dejaron de ser tan sepulcrales al tiempo que comenzaron a escucharse más “olés” que “ieeés”. Olés ciertamente musicales -“ooooolé”-, más alargados de lo que cabía esperar en Sevilla. Y lo más preocupante, empezó a sobrevalorarse lo simplemente bonito. Sonó la alarma, al menos yo creí escucharla, una señal que este año se ha hecho tan evidente que ha acabado confundiéndome de forma definitiva.

Cada plaza debe tener su idiosincrasia, y La Maestranza parece estar perdiéndola. Se ha ido al garete su exigencia, que no es la de Madrid, ni la de Bilbao, ni la de Pamplona. Es la suya, o al menos lo era. Pero visto lo visto Sevilla se va acercando más a la permisividad de los cosos de segunda categoría que al rigor que debe imperar en los de primera. Mal asunto, pues sin exigencia los premios se deprecian, sin rigor el toreo pierde fundamento, y La Maestranza es un puntal para que la tauromaquia siga teniendo el valor y la seriedad necesarios, para que todo tenga sentido.

No quiero decir que nada de lo ocurrido en esta Feria de Abril haya sido vulgar. Nada más lejos de mi pensamiento. Ha habido faenas importantes y toreros entregados, y hasta algún toro sobresaliente. Pero ojo, no será fácil recuperar el ambiente de majestad que se vivía en Sevilla cuando lo bonito y lo bueno se fundían para provocar su peculiar “ieeé”. Será cuestión de que vuelvan los buenos aficionados para enseñar a los nuevos. Y eso sólo se producirá cuando se anuncien los carteles que el público demanda.
 

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