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Carlos Bueno - 12/01/2016

El pasado 4 de enero, en la primera novillada de la colombiana feria de Manizales, se puso en práctica un nuevo método para acabar definitivamente con la vida de los toros. Los aficionados quedaron sorprendidos al comprobar que, en vez de rematar al animal con una puntilla tradicional, el subalterno sacaba un utensilio nunca visto con anterioridad en una plaza de toros, un perno cautivo, algo similar a una pistola con la que se “noqueaba” al astado antes de su arrastre.

Se trata de un artefacto utilizado de forma habitual en los mataderos y que es apropiado para el ganado vacuno, porcino, ovino, caprino y también para caballos y cerdos. Pero… ¿en un aplaza? Como suele ocurrir en todo cuanto atañe al mundo taurino, y más cuando se intentan introducir cambios, la utilización de tal herramienta levantó la polémica y las opiniones entre aficionados y profesionales quedaron enfrentadas.

Nada me parece más lógico que el toro bravo muera de forma noble, sin ventajas ni artificios, con honor. Entiendo que la prueba de este sistema se hizo con los mejores propósitos, intentando evitar los fallos que a veces tienen los puntilleros y que alargan la agonía del toro, al tiempo que se pretende cuidar la imagen de la Fiesta ante los continuos ataques antitaurinos. Pero también opino que no es la manera más digna de acabar con un animal ante el que un hombre se jugado la vida sin trampa ni cartón.

De momento el ensayo con el perno cautivo se ha suspendido hasta un nuevo estudio. Habrá voces para todos los gustos, desde quienes argumenten razones de tradición y respeto para que todo continúe como hasta ahora hasta los que aboguen por el implante de una modernidad que “humanice” el espectáculo.

Me viene a la mente la época en la que se impuso la utilización del peto en los caballos de picar. Después de dos años de pruebas, el general Primo de Rivera lo implantó obligatoriamente en 1928, después de que él y sus invitados resultasen salpicados con las tripas de un caballo despanzurrado por las astas de un toro. Además el sentir popular era unánime a favor de acabar con aquel repulsivo e insensible espectáculo. Se llegó a plantear la posibilidad de suprimir la suerte de varas y poner un rejón de castigo por parte de un rejoneador, pero varias voces autorizadas, como las de Ignacio Sánchez Mejías y las de reputados críticos taurinos y profesionales, hicieron comprender que aquello vulneraría la esencia del toreo y de la lidia.

Afortunadamente, y a pesar de la diversidad de opiniones al respecto, el caballo pervivió gracias al peto. Los picadores, que eran reacios a la introducción de la medida, resultaron los más beneficiados con ella, ya que han acabado subidos a un muro blindado que restó peligro a su labor.

Es cierto que todo cambio provoca alteraciones en la lidia. La imposición del peto significó la práctica desaparición del tercio de quites, al tiempo que se incrementó el castigo practicado a muchos toros a causa de una puya piramidal excesivamente cortante e hiriente. Ello, unido a la implantación de las dos rayas de picar, fueron normativas que acabaron marcado el transcurrir de la Fiesta.

¿Sucedería lo mismo si se utilizase el perno cautivo en vez de la tradicional puntilla? Posiblemente su introducción no implicaría grandes cambios en la lidia salvo suavizar más el espectáculo, hacerlo más light, dar un paso atrás ante quienes nos atacan. ¿Queremos eso? ¿Estamos dispuestos a correr con ese riesgo? Yo, la verdad, soy más partidario de exigir a los puntilleros que se preparen a conciencia para que la imagen de rapidez y eficacia se mantenga del modo tradicional. Quizá sea que estoy chapado a la antigua. 

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