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Carlos Bueno - 08/09/2015

La dura imagen de una criatura inerme en la orilla de una playa turca ha conmovido a los políticos. Aylan Kurdi, un niño sirio de tres años moría ahogado tras hundirse la barcaza en la que su familia intentaba huir de la violencia infinita y los bombardeos constantes que asolaban su hogar. Una escena que debería abochornar a Europa y que sirvió para despertar del letargo a nuestros mandatarios que, aunque tarde, se lamentaban del suceso y prometían buscar soluciones al problema. Pero además de Aylan, otros cinco niños, entre ellos su hermano de 5 años, y varias mujeres y varones -una docena de personas en total- perecían en el mismo naufragio. Sin embargo no había foto desgarradora de ellos y el hecho no tuvo el impacto que merecía.

Comemos con la vista y a través de ella priorizamos sentimientos. Nos conmueve ver un niño desnutrido en brazos de su madre africana, sin embargo miramos hacia otro lado cuando un titular anuncia que 24.000 personas mueren de hambre cada día. Nos sabe mal que constantemente se tire comida a la basura pero desestimamos que en el mundo se producen cada año alimentos para dar de comer a 12.000 millones de personas, es decir, al doble de habitantes con los que cuenta el planeta.

Es el impacto visual lo que nos alerta y activa. Eso lo saben bien los grupos antitaurinos, en cuya interesada maquinaria de funcionamiento un grupo de estrategas planifica minuciosamente sus tácticas. A quienes vemos en manifestaciones y altercados son los “mandados”, los de siempre, pero detrás hay cabezas pensantes que buscan y rebuscan las fotos que más les interesan, las que mejor puedan transmitir lástima sin que realmente les importe el animal bravo, ni el arte, ni la cultura, ni la historia, ni las personas, ni otros conceptos que prefieren esconder. Así, crean los eslóganes más impactantes y diseñan sus campañas basadas en conseguir hacerse con la opinión de la mayoría que ‘no sabe no contesta’. Lo último es apropiarse de un dato que debería servir a los aficionados y no a ellos: 11 personas han fallecido en lo que va de año en los festejos populares.

Nadie en su sano juicio quiere que muera la gente. Pero en los toros se muere de verdad porque no hay trucos ni efectos especiales; no es ciencia ficción. Y la verdad sólo tiene un camino por mucho que haya quien la intente distorsionar. Que los antis aboguen por la erradicación de los festejos en la calle porque son peligrosos es demagogia pura que sólo esconde un paso más hacia la abolición completa de la tauromaquia. A nadie se le ha ocurrido pedir la prohibición de los rallyes porque el último fin de semana un coche acabó con la vida de seis espectadores arrollados en una salida de pista. Ni la supresión de las carreras ciclistas, ni del alpinismo, ni del fútbol, donde tantos espectadores mueren cada año en el mundo. Nadie ha planteado prohibir tomar el baño aunque el año pasado se dieran 339 muertes por ahogamiento en las playas, piscinas o ríos españoles.

Sin embargo contra el asunto taurino todo parece valer. Es labor de quienes defienden la tauromaquia contrarrestar tanta argucia. Que la muerte de los 11 aficionados en los festejos populares sirva para algo. Que la sangre derramada en los ruedos durante el mes de agosto por Jiménez Fortes, Francisco Rivera Ordóñez, Álvaro García, Víctor Hugo 'Pirri', Joselito Gutiérrez, Luis David Adame, Aitor Darío ‘El Gallo’, Javier Orozco, Joaquín Galdós, Xavier Ocampo, David Fernández, Manolo Vanegas o El Cordobés, no se diluya. Tanto dolor ha de servir para explicar y hacer valer la verdad del toreo.

El dato no es que el toro sea peligroso, sino que su condición de bravo le dispone para herir y que la inteligencia del hombre suele vencer a la fuerza animal y, además, provocando emociones. El dato, por encima de que 11 personas hayan perecido en las calles a causa de alguna cornada, es que solamente el 0,07% de los festejos populares tuvo accidentes mortales.

A quienes ‘no saben no contestan’ les duele ver la sangre de un toro, un espectador fallecido y un niño ahogado. Cabría preguntarse por qué no se suele profundizar más en los problemas en vez de quedarse con el impacto momentáneo de una imagen. Seguramente porque casi todo está manipulado por oscuros intereses políticos y económicos. Pasemos a la acción, no nos dejemos engañar ni manejar. El problema de la inmigración y del hambre existe. No deberían hacer falta fotos para recordárnoslo. Y el problema de los toros sólo existe entre quienes quieren acabar con ellos. Quizá por ello necesiten de instantáneas tan retorcidas y de eslóganes vacuos repletos de falacias.

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