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Carlos Bueno - 15/12/2015

Se acerca el día. El próximo domingo es turno de que hable el pueblo para elegir a quienes dirigirán los designios de este puzle de sentimientos e identidades que es España; la de independentistas y patriotas, la de rojos y de fachas, la que dice que ‘todos somos Francia’ cuando un atentado sacude París pero que no osa a decir que ‘todos somos España’ cuando otro ataque acaba con la vida de nuestros paisanos, la de antis y pros.

No osaré yo a pedir el voto para nadie. Ni tengo vocación de político ni me siento identificado con la general manera de hacer política que en la actualidad nos invade. Esta campaña que ahora sufrimos se ha convertido en un show más, en un reality televisivo en el que impera la falta de elegancia en las exposiciones, los titulares sensacionalistas y los reproches trasnochados. Se habla más en tono pasado que en clave de futuro. Del “puedo prometer y prometo” de la transición se ha pasado al “y tú más, más corrupto”, “y tú menos, menos válido”. Acusaciones e insultos con más intención de restar votos al contrario que de ganarlos para sí. Preferiría que los distintos partidos se esforzasen en explicarnos sus programas de manera clara y directa y, sobre todo, que sus propuestas fueran creíbles. Pero unos y otros se dedican más a cuidar las formas que el fondo de sus discursos, a pensar cómo vestirán para cada mitin, a estudiar a quienes situarán detrás de los candidatos para que salgan bien en pantalla, a revisar cuál es el mejor perfil de cada orador para que la foto resulte favorecedora…

A mi todo esto no me importa nada. Sólo quiero que mis gobernantes sean honestos y que trabajen de verdad por mejorar la calidad de vida de todos, de quienes hayan votado a los ganadores y también a la oposición, incluso de los que ya no creen en la política y ni siquiera acuden a las urnas. Y entre los argumentos que valoro para decidir mi papeleta está el respeto, el que todos merecemos, el democrático, el tolerante, el legal. También la integridad, el ir de cara, con los planteamientos visibles, sinceros y por delante.

El apoyo o el ataque a la tauromaquia es un buen termómetro para medir tales valores. Como ciudadano he de saber qué va a hacer con los toros aquel a quien yo vote, y quiero saberlo antes de las elecciones. No me vale que, una vez en el poder, haga lo que le venga en gana o pacte según los imperativos de sus socios de gobierno. Eso es conveniencia personal y no interés general. Por eso, cuando el próximo domingo 20 de diciembre me dirija al colegio electoral llevaré en mi mano una papeleta con una opción bien meditada; la del partido que estime mejor para solventar los problemas de este país y que, a la vez, respete mis derechos.

No es tiempo de dictadores sino de democracia, y el mejor ejemplo de saber convivir en libertad lo deberían dar los políticos. Que se dejen ya de golpes bajos y sensacionalismos y que se pongan a trabajar en asuntos realmente importantes. Intentar prohibir los toros es simplemente dar continuidad a una política de efectos especiales dirigida a captar votos de los sensibleros. Que la tauromaquia continúe no es sólo cuestión económica, medioambiental, artística o cultural; es un asunto de derecho, de respeto y de ejemplo de democracia. Meditemos bien el voto.

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