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Carlos Bueno - 13/01/2015

El torero tiene todo el derecho del mundo a tomar decisiones por sí mismo. Es quien se pone delante, quien se juega la vida, y debe ser él quien mande en sus pensamientos y en sus conclusiones. Sólo así serán propios aciertos y fracasos; sólo así nunca cabrá el lamento de que otros le equivocaron, si en algo errara.

El invierno está lleno de decisiones toreras, sobre todo las que incumben al campo del apoderamiento. En las últimas fechas se han producido más de 60 cambios de apoderado en los diferentes escalafones, la inmensa mayoría en el de matadores de alternativa. Desde fuera unos se entienden más fácilmente que otros. Desde dentro, que es lo que interesa a los protagonistas, todos tendrán como motivo la mejora del estatus.

Que la afición no supiese quien es el mentor de cada coletudo sería algo idílico. Ello significaría que los carteles anuncian a quienes más lo merecen, a quienes el público demanda. Pero la realidad es que demasiadas veces sucede lo contrario, que en ocasiones hay que buscar la justificación de algunos contratos en los despachos, en la relación entre empresarios-representantes y representados, en favores y en intercambios de toreros entre colegas. Y quizá sea esta realidad la que haya imperado en muchas de las elecciones tomadas.

Según está el negocio taurino, es fácil entender que cada vez se dejen más de lado a los apoderados independientes en favor de las casas “importantes”, las que dirigen la mayor parte de plazas de toros, las que manejan el cotarro, las que, a la postre, acaban ofreciendo un rentable número de festejos fijos sin demasiados problemas burocráticos.

Los poderosos han convertido el sector prácticamente en un monopolio al que pocas cosas se le escapan. O se está con ellos o es muy difícil estar. Y eso, ni es lo mejor para la clientela ni para el espectáculo, es evidente. Queda dicho que sería idílico que no fuese así. Pero casi nadie de cuantos visten alamares está dispuesto a soportar la lucha diaria, ni aún las figuras del toreo, máxime cuando está demostrado que no hay una justicia verdadera en las contrataciones. Es más fácil dejarse llevar por la relativa comodidad del monopolio. También queda dicho, están en su derecho de elegir y decidir.

Más preocupante se avista el panorama novilleril. Los magnates del apoderamiento esperan a apostar a caballo ganador. Casi nunca se deciden a llevar a alguien hasta que no le ven “hecho”. Pero para que los novilleros se “hagan” necesitan que alguien les guíe desde el principio, algún romántico que invierta su tiempo y su dinero en el proyecto. Y de esos altruistas ya quedan muy pocos porque saben que, en cuanto el “producto” esté listo, llegará el monopolio y se lo llevará.

Aún a pesar del panorama descrito, tenemos un escalafón de matadores realmente interesante y, sin duda, una de las mejores canteras de novilleros de los últimos tiempos. Si además llegara alguno con la escoba, alguien con el tirón suficiente para llenar las plazas a diario, no haría falta que se hablase de apoderados; y eso sí que sería bueno para la clientela y para el espectáculo.
 

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