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Carlos Bueno - 19/04/2016

Me llamó mi buen amigo Francisco desde La Maestranza. La emoción entrecortaba sus palabras y yo apenas podía entender lo que me estaba diciendo. "Paco Ureña, Paco Ureña…" repetía. Y al fin logré saber el motivo de su llamada cuando pronunció de un tirón: "Dos orejas. ¡Qué faenón de Paco Ureña!". Por motivos laborales yo no podía estar viendo esa corrida en directo, así es que, tras maldecir mi mala suerte, agradecí a Francisco su inmediata información.

No había pasado ni media hora de aquella llamada cuando el móvil volvió a sonar. Era Francisco de nuevo "¿Qué habrá pasado ahora?", me pregunté. Descolgué rápido. "Dime, dime". Pero no había respuesta, sólo jaleo, algarabía, bullicio… Había ocurrido algo grande, era evidente, porque la vibración que se vivía en ese momento en la plaza se colaba como un huracán por el micrófono del teléfono. "Francisco, Francisco", grité, pero mi amigo seguía sin responder. Me concentré en escuchar lo que se oía a través del auricular. Continuaba el jolgorio… y sollozos. Sí, alguien lloraba. Era Francisco, que cuando tomó aire y se tranquilizó consiguió balbucear: "Indultado; lo han indultado", y siguió llorando de emoción hasta que colgó.

Se me erizó la piel. Me quedé unos segundos en blanco, sin saber qué hacer. Me daban ganas de salir corriendo hasta La Maestranza, pero me separaban seis horas de viaje. No, eso no. "Buscaré una tele… o Internet", pero tampoco, porque el acontecimiento ya había sucedido. Además, estaba trabajando y no podía dejar mi puesto. Así es que no me quedaba otra opción que esperar hasta llegar a casa para echar un vistazo a las telenoticias e indagar en por la red. La repetición de la corrida no pude verla hasta el día siguiente. Pensaba que, al conocer a la perfección el desenlace de la lidia del cuarto Victorino de aquel festejo de la feria de Abril, ya tenía una coraza que me protegía frente a las sensibilidades y emociones que se producen ante el impacto de lo inesperado. Me equivoqué. Cuando vi asomar el pañuelo naranja por el balcón presidencial los ojos se me nublaron como si de una bella sorpresa se tratase.

Pocas cosas pueden ilusionar más que un indulto como el que protagonizó ‘Cobradiezmos’. El trapío del toro, el recinto donde se produjo, la verdad con la que fue toreado y, sobre todo, su entregada bravura, fueron las causas de que a aquel Victorino se le perdonase la vida en medio de una catarsis colectiva de conmociones. Un hecho así lo necesita cualquier ganadero, le venía bien a La Maestranza sevillana después de dos años turbulentos y llega en el mejor momento para una Fiesta intentada vilipendiar por desconocedores y metepatas.

Sí, reconozco que con el bendito indulto me asomaron dos lagrimones, y confieso que volvió a ocurrirme sólo dos días después cuando Morante pintó una faena sólo al alcance de los artistas más iluminados. Será que me hago mayor, o que soy demasiado sensiblero, o que me apasiona el toreo de forma incomprensible. ¿Cómo explicar un sentimiento tan íntimo a detractores obnubilados tras estereotipos y dogmas sin sentido? Quien mejor podría explicarlo es Cobradiezmos, que ahora campa en libertad a campo abierto, o un Morante inspirado, que crea en libertad, la libertad que deberíamos disfrutar cuantos nos emocionamos con el toreo aunque todo esto no se pueda explicar con palabras.

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