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Carlos Bueno - 12/04/2016

Vivimos una época de extrañas convivencias en materia taurina, de extraños resultados que en otros campos podrían parecer insolubles. Nadie entendería, pongamos el caso, que el Barça o el Madrid, o Djokovic, o Hamilton, o Lorenzo, tuviesen tantos triunfos como fracasos. Sin embargo, en la Fiesta la irregularidad forma parte del aliciente de acercarse a una plaza. Ahí está el caso de Morante, por citar a uno de los toreros venerados por el gran público a quien, incluso las tardes desafortunadas, le sirven para seguir acrecentando su misterioso arte y su mito.

Nadie se explicaría que un púgil nuevo combatiese a la altura de los boxeadores más consagrados y que, incluso, llegara a ganarles peleas. Pero en el toreo, cualquier chaval de reciente doctorado puede mojarles la oreja a las figuras más reconocidas. Quizá los casos de Roca Rey y López Simón son los que nos viene a todos a la cabeza.

Nadie apostaría por un motor de Fórmula Uno o de Moto GP que unos días funciona como un cohete y otros días ni siquiera arranca. No obstante, en cuestión de tauromaquia, hay ganaderías cuyos ejemplares apenas se mueven una tarde y la siguiente dan un juego sorprendente.

También extrataurinamente ocurren hechos peculiares. Recuerdo los últimos saltos al ruedo de antis, demasiadas veces sacados del albero por las cuadrillas frente a la pasividad policial. Nada que ver cuando algún exaltado invade un campo de fútbol, que es desalojado rápidamente y a guantazos. También me vienen a la memoria ciertas decisiones de un mismo partido político que, según en qué ciudad gobierne, está a favor o en contra de los toros.

Sea como fuere, la impredecibilidad forma parte del encanto, la magia y el atractivo de la Fiesta de los Toros. Afortunadamente estamos hablando de emoción, de sentimiento y de arte, nada que se pueda planificar ni cuantificar. Una corrida va mucho más allá de las dos horas y media que dura el espectáculo. Todo comienza con la ilusión que provocan los carteles al publicarse y sigue con los preparativos para ir a la plaza. Y no acaba con el festejo sino que sigue en la memoria y en tertulias apasionadas que intentan en vano analizar por qué Morante no ha visto las bondades de ese toro si ayer estuvo cumbre con otro más complicado, por qué Ponce o El Juli siguen con la ambición intacta a pesar de que un puñado de jóvenes vienen apretando con tanta fuerza como ellos tenían hace dos décadas o por qué la de Garcigrande no sirvió allá pero resultó magnífica acá.

Sí, vivimos una época de extrañas convivencias en materia taurina en la que figuras y futuribles, bravura y sosería, ilusión y decepción se dan la mano a diario. Que nadie se frustre, pero es que los toros no son matemáticas, no son ciencia. Si lo fuesen no tendrían razón de ser y habrían desaparecido hace mucho tiempo. Lo frustrante y preocupante es la actitud de algunos políticos. Que se aclaren y que nos digan a qué juegan. Que tomen una decisión y una postura firme. Que no bandeen cual veleta al viento que más les conviene. Todo parece indicar que se acerca una repetición de las elecciones y necesitamos saber qué incluye en materia taurina el programa de cada partido para votar en consecuencia. 

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