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Carlos Bueno - 12/07/2016

No es sencillo hablar de la muerte en tono positivo. Es más, en estos momentos dudo de que haya una parte provechosa cuando la parca se hace presente. Hace sólo tres días que un joven con un porvenir halagüeño pagó con su vida la ilusión de su razón de ser. Se llamaba Víctor Barrio y tenía todo el futuro por delante. Torero elegante, de variado repertorio con el capote y valiente a carta cabal. Aunque en las dos últimas temporadas le tocó lidiar corridas complicadas nunca perdió su clase y buen gusto. Y es que sus excelentes cualidades estaban más que acreditadas desde que sembrase la esperanza en una interesante etapa de novillero con triunfos en Madrid y una temporada como líder del escalafón.

Conocedor del momento actual que atraviesa la tauromaquia, Víctor se mostró cercano con el público ajeno a los toros y comprometido con aportar su granito de arena para llevar el toreo a todos los rincones a donde pudiese llegar. En su carrera iba paso a paso, marcándose metas diarias. Y la corrida del pasado sábado en Teruel era uno de esos objetivos periódicos, una estación más de un viaje que se preveía largo. Pero el ruedo del coso turolense encerraba la trampa de un viento traidor que le dejó expuesto, y el toro llamado Lorenzo, de Los Maños, hizo presa en su cuerpo atravesando su pecho y sus sueños.

En pleno siglo XXI nada se pudo hacer por resucitarle de una muerte instantánea. Ni los adelantos médicos, ni la profesionalidad de los galenos, ni la excelencia de las enfermerías son capaces de recomponer un hachazo de tan calibre. Se salvó Manuel Escribano en Alicante el pasado mes de junio con una cornada que sólo unas décadas antes hubiera sido fatal. Pero lo de Víctor Barrio era irrecuperable. Es el riesgo que todo torero conoce y acepta. También Víctor, que descubrió su vocación en una capea entre amigos y desde entonces tuvo claro que jugarse la vida era su destino, no un juego de palabras.

Nadie desea que aparezca la dama de la guadaña en este espectáculo ancestral que rebosa emociones inexplicables, pero ella siempre dispone de una invitación. Este año la ha validado en tres ocasiones: en mayo la utilizó en Perú para llevarse consigo al novillero Renatto Motta, hace poco más de un mes se coló en la mejicana Ciudad Lerdo y nos robó a El Pana, y ahora ha hecho lo propio con el segoviano Víctor Barrio, que recibió una cornada que recuerda a las también fatales sufridas por José Cubero Yiyo en 1985 y el banderillero Curro Valencia en 1996.

Desde entonces ningún torero había perecido en ruedos españoles gracias sobre todo a los adelantos médicos ya mencionados. Han ocurrido, eso sí, cogidas dramáticas y visualmente difíciles de digerir, como las de Julio Aparicio o Jiménez Fortes, heridas que deben valer para dignificar la tauromaquia, una práctica ayuna de trucos y efectos especiales. Quien decide ser torero lo hace de forma libre asumiendo la realidad que impone el toro y que la fatalidad se puede hacer presente de forma inevitable en cualquier momento. Honor y respeto para ellos. Esos que ahora osan utilizar un accidente tan lamentable para ir en contra de la tauromaquia o para mostrar su alegría por tan desgraciado desenlace es porque son unos malnacidos, desalmados y cobardes que ni saben ni jamás gozarán de los valores que entraña una dedicación tan intensa y auténtica como es la de torero.

No, no es sencillo hablar en estos momentos de la muerte en tono positivo. Sólo se me ocurre decir que precisamente en la autenticidad del toreo radica su esencia y sentido, que una muerte siempre es lamentable, pero la de Víctor servirá para poner en valor la tauromaquia. La vida continúa y por fortuna hay motivos para seguir con pasión la temporada taurina. El escalafón está repleto de figuras con ambición, de nuevos matadores impresionantes, de novilleros sorprendentes… Gloria al toreo, gloria a Víctor Barrio.

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