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Carlos Bueno - 03/03/2015

Bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos. Lo dijo Jacinto Benavente y tenía razón. Todo imitador es un ser falto de personalidad propia, de originalidad, y para triunfar en cualquier faceta de la vida es fundamental ser auténtico, genuino; no valen los plagios ni los sucedáneos. El toreo no es una excepción, al contrario, es una actividad -posiblemente al igual que el resto de las artes- en la que de inmediato se aprecia quien tiene su toque personal y quien pretende hacer lo que a otro matador admirado le funciona. Pero no, segundas partes nunca fueron buenas y, aunque ser emulado debe de llenar de orgullo al imitado, es una táctica que nunca acaba funcionándole al imitador.

Con toda seguridad Enrique Ponce ha sido uno de los toreros más copiado en los últimos tiempos. Sin embargo el estilo poncista sólo le ha valido a él para encaramarse a la cima del toreo. El pasado domingo el valenciano participó, junto al ganadero Samuel Flores, en una charla en Meliana en la que dejó patente su clase también fuera de los ruedos. Ponce habló como torea, con el mismo temple y elegancia. Supo dotar a la Fiesta de argumentos sólidos, defendió los ‘Bous al Carrer’ desde el respeto, señaló al toro como eje fundamental de la tauromaquia, explicó detalladamente la problemática ganadera… y habló de sí mismo desde la modestia de quien sigue aprendiendo. Afirmó que nunca ha creído que ya lo sabe todo o lo ha conseguido todo; al contrario, confesó que persiste obsesionado en perfeccionar su técnica pensando que es capaz de mejorar.

Puede más quien quiere que quien puede. Seguramente en Ponce se den las dos condiciones: poder y querer. Lo que es incuestionable es que si su toreo y su oratoria continúan subiendo enteros después de 25 años de alternativa, es porque su autoexigencia y su afán de autosuperación son inconmensurables. Que una figura como él siga haciendo autocrítica después de un cuarto de siglo en la cumbre sí que es digno de emular. Las formas deben ser de cada cual, pero el espíritu inconformista de Enrique es, sin duda, el mejor ejemplo a seguir, el secreto del éxito. Toda una lección para nuestros pequeños quieran o no ser toreros.

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