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Detrás del gran número de insignes nombres en los que pensamos cuando se habla de ganaderos, hay multitud de románticos que luchan contra todo tipo de dificultades buscando el sueño de la bravura. Entre ellos estaba el alicantino Jiménez Montequi, un altruista sin ansias de ego, un hombre sensato y cabal que nos dejó el pasado 22 de abril
Carlos Bueno - 24/04/2018

Cuando se habla de ganaderos de toros bravos pensamos de inmediato en el señorito terrateniente, en el propietario de renombre, en el criador con galones, en el potentado de ilustre estatus social. Pero el tópico no deja de ser eso, un simple tópico que apenas se corresponde con la realidad. Porque la verdad es que el ganadero suele ser un sufridor que expone su patrimonio por ver cumplido el sueño de la bravura, un auténtico ecologista que salvaguarda la naturaleza con ahínco y pasión para que sea morada del animal más sorprendente e idolatrado de la creación.

Verdad es que lidiar en las ferias confiere reconocimiento entre las altas esferas de la sociedad, como cierto es que alcanzar la cota de ganadero de postín comporta en gran parte de los casos un déficit económico insoportable para la mayoría de mortales. Vamos, que ser criador de toros bravos no ofrece ninguna garantía de rentabilidad, todo lo contrario, se suele tener que invertir en tal aventura los beneficios que se obtienen en otras actividades.

Además, el ganadero suele ser un tipo muy atado de manos a la hora de seleccionar sus toros, un alquimista que, o consigue un animal con unas características muy determinadas, o se le queda en el campo. Y a pesar de las dificultades existen en España más de un millar de idealistas inquietos que desprecian los riesgos persiguiendo la ilusión de ver a sus toros embestir con calidad, que desdeñan las dificultades en pos de gozar de la complacencia del trabajo bien hecho y de un respeto bien ganado.

Pero detrás de ese gran número de insignes nombres en los que de inmediato pensamos cuando se habla de ganaderos, hay multitud de románticos que luchan contra todo tipo de imposibles buscando un hueco entre la gloria de la satisfacción. Sí, únicamente la satisfacción, la que da ver al animal que se ha preparado con mimo comportándose como se tiene en mente.

Son ganaderos bohemios, con mayor o menor poder adquisitivo pero emparentados por una ilusión desbordante que empuja a cuestionar a la lógica. No les importa trabajar duro de lunes a viernes para ganar un dinero que invertirán en una ganadería en la que seguirán trabajando duro los sábados y domingos. Se trata de luchadores incansables que sacrifican su tiempo y el de su familia con el anhelo de que el milagro de la bravura les dé un sitio entre los señoritos y potentados, aunque esa no sea su meta.

Son gente que se vuelca con su gente. Que abre de par en par las puertas de sus fincas para que las disfruten amigos y aficionados. Que da la oportunidad de tentar sus becerras a los benjamines de las escuelas taurinas y que les hacen sentir figuras del toreo. Gente que suele estar más libre de manos para buscar la casta y que lo tiene más complicado para verse anunciado en los seriales trascendentes.

Y entre esa gente romántica y libre estaba el alicantino José Ignacio Jiménez Montequi, que intentó llevar a buen puerto la complicada aventura de criar toros bravos en la provincia de Valencia. “Los Brunales”, su finca de Enguera, era abrupta y adolecía de agua. Poco le importó eso al bueno de José Ignacio que contrataba las cubas que hiciera falta para que sus Núñez y sus Lisardos no padeciesen la mínima sed. Y aunque costaba un mundo ver el nombre de sus astados publicado en los carteles de categoría, Jiménez Montequi perseveraba en el empeño sin denuedo hasta, poco a poco, ir alcanzando sus objetivos. Sólo la enfermedad consiguió hacerle desistir después de más de dos décadas de batalla contra la situación de no ser un propietario de renombre ni un criador con galones.

El pasado 22 de abril José Ignacio Jiménez Montequi nos dejó. Con él se marchó un buscador de la esencia de la bravura, un altruista sin ansias de ego, un hombre sensato, un extraordinario y cabal defensor de la Fiesta de los Toros. Con él viví jornadas camperas, tertulias y coloquios en los que compartió sus acertados pensamientos. Nunca olvidaré su voz grave y pausada de actor de doblaje, de estudioso sabio, de campero curtido exponiendo sus oportunos dictámenes y consejos. Nunca olvidaré su excelente trato y su bonhomía.

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