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Carlos Bueno - 21/02/2017

El atentado que el pasado domingo se perpetró a las puertas de la plaza de toros de Bogotá es la gota que colma el vaso. No éramos visionarios ni adivinos los que desde hace tiempo veníamos advirtiendo que cualquier día iba a ocurrir alguna desgracia irreversible. Yo me equivoqué, lo admito, porque pensaba que la adversidad iba a caer del bando alborotador. Estaba convencido de que cualquier día un aficionado a los toros iba a responder violentamente a esa barbaridad de insultos, ofensas e incitaciones que últimamente se están sucediendo.

Pero finalmente no ha resultado así, sino que han sido los propios provocadores, los que pretendían ser objeto de agresión para tener argumentos a su favor, quienes no han podido soportar la paciencia imperturbable y estoica de los aficionados y han ido demasiado lejos.

Las reiteradas imágenes de los últimos fines de semana en las que se podía ver a varios activistas empujando y zarandeando a espectadores de avanzada edad prestos a acceder a la plaza, eran tan vergonzosas que hablaban por sí mismas de la vileza de sus protagonistas. Pero accionar una "bomba metralla" hecha exclusivamente para matar seres humanos sobrepasa cualquier calificativo. En el momento del sorteo de los toros que se iban a lidiar por la tarde, un artefacto oculto en un transformador de la luz junto al coso colombiano explosionó causando más de treinta heridos, seis de ellos en estado crítico.

Ha habido medios de comunicación que han intentado encubrir lo que no se puede enmascarar, incluso se han atrevido a insinuar que la bomba estaba preparada para accionarla contra los antitaurinos. No hay que ser de la CIA ni de la KGB para entender que un atentado junto a una plaza de toros no está planificado por simpatizantes de la tauromaquia. Blanco y en botella. Sean quienes hayan sido nada tienen que ver con aficionados a los toros.

La cuestión ahora es saber si esto servirá para algo. Si se va a poner coto a las ilegalidades que periódicamente comenten los agitadores. Si no habrá que esperar a que sucedan más fatalidades para que los políticos entiendan que es necesario hacer cumplir las leyes si realmente se pretende que convivamos en un marco de respeto.

Todos esos insultos que muchos vomitan contra los taurinos son ya de por sí un delito tipificado en el Código Penal, el de injurias y calumnias. Como lo son las burlas publicadas en las redes sociales dirigidas a toreros muertos y a niños aficionados enfermos. La justicia nunca ha sido justa en esta materia. Pero ahora, con este golpe de por medio, ha de tomar cartas en el asunto necesariamente.

Al instante del atentado ya había quien había expuesto en Facebook su alegría por lo sucedido y su deseo de que la explosión se hubiera producido en el interior de la plaza para que así hubiesen "caído más". Me vienen a la memoria los tweets de Marisol Montero, concejala del ayuntamiento de Alicante, que hace un par de años abogó por tirar "una bomba" en el tendido de la plaza de toros de Pamplona y utilizar subvenciones para "asesinar políticos". Entonces el juez no vio indicios de violencia en sus deseos públicos, y ahora ha acabado por llevarse a cabo algo similar a la voluntad mostrada por la alicantina.

Basta ya. Basta de defender lo indefendible, de encubrir a los intolerantes, de tapar a los violentos, de sobreseer a los "fuera de la ley". Basta de tratar de justificar a quienes protegen a los animales y se alegran con la desgracia de un congénere. No pretendo meterlos a todos en el mismo saco porque no todos los antis son iguales; sólo espero que todo esto valga para que unos se den cuenta de que ese no es el camino y otros legislen con dureza contra quienes no se atienen a la ley.

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