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Pasear por la finca Jandilla es descubrir un tesoro medioambiental de incalculable valor. Entre la frondosa hierba resplandeciente cohabitan animales en peligro de extinción que tienen junto a los toros, y gracias a ellos, una morada de lujo, un edén de la biodiversidad
Carlos Bueno - 10/04/2018

Llega uno a la puerta y hay un cartel que pone Jandilla. Y piensa que ha llegado al paraíso. En realidad lo cree mucho tiempo antes de alcanzar la entrada, cuando aborda Cádiz y una vez más se sorprende de circular entre verde y más verde a pesar de no estar en Galicia, como el tópico podía hacer imaginar. Este año parece que el campo todavía está más frondoso que en anteriores ocasiones. Ha llovido mucho y bien, y los cereales y la hierba tiran hacia arriba con fuerza y plenitud confiriéndole al paisaje un colorido radiante, envidiable.

Uno piensa que ha llegado a un paraíso de calma cuando, harto del stress de la ciudad, penetra en Andalucía y todo funciona igual que en otras latitudes pero con una marcha menos. “Despasito”, como debe hacerse el toreo. Normalmente con mayor desenfado que en la mayoría de sitios, con especial gracia. En Andalucía hay más gente con guasa que con whatsapp, porque, aunque pueda parecer trivial, se convive más en la calle que en otras Comunidades, y eso favorece la relación entre las personas.

Y no sé si es cosa de esa relación entre las personas o de que la persona lo lleva dentro, pero llega uno a la finca Jandilla y lo recibe un caballero con una amabilidad desbordante que hace que su campo parezca tu casa. Salvador de la Puerta era el señor en cuestión, el hijo de María Domecq, propietaria de los toros de Lagunajanda que pastan en la finca Jandilla. Y Salvador, mientras me mostraba con inusitada ilusión la camada de esta temporada, me iba señalando con entusiasmo cada bandada de jilgueros que se atravesaba en nuestra vista, los grajos, los moritos, los trigueros, los herrerillos, los carboneros, los mirlos, las palomas, las tórtolas, las perdices que corrían ante nosotros, las liebres que cruzaban nuestro camino como rayos… Varios halcones sobrevolaban el cielo, también un águila en lo más alto. En uno de los riachuelos había nutrias, y faisanes a lo largo de la finca, y una rara avis llamada ibis eritreo. “De éstos no hay más de 70 ejemplares en toda la península”, me dijo Salvador con la satisfacción de tenerlos hospedados.

Los acebuches se cuentan por centenares. Con total seguridad hay más de mil en la propiedad, árboles más que centenarios que cobijan del frío y protegen del sol a sus huéspedes. El último vendaval arrancó de cuajo un par de ellos y María se empeñó en replantarlos. Dos entre más de mil, pero había que intentar salvarlos. Y la madre lo consiguió a base de esfuerzo, tiempo y trabajo. Será que gente así son los verdaderos ecologistas.

Y en uno de los viejos y amplios acebuches había parido una hembra de búho real. Y además, por supuesto, había toros. Toros para los pueblos y toros para Madrid. Todos cuidados con un mimo exquisito, muy probablemente algo que no todo el mundo es capaz de entender. Y todas esas cabezas de ganado bravo, alrededor de 700, eran el motivo por el cual aquel hábitat era un ecosistema de incalculable valor para todo tipo de animales y vegetales, un edén que mantienen con coraje personal y riesgo económico gente como María y Salvador. Porque ser animalista no es tan sencillo como adoptar un perro callejero, tratarlo como a un ser humano e insultar a los congéneres a la puerta de un coso taurino. Ser animalista es conocer la verdad de los animales en su entorno. Pero esta es una historia que, como el cuidado que se les confiere a los toros, no todo el mundo es capaz de entender.

Lo bien cierto es que cuando llegué y vi que en la puerta ponía Jandilla pensé que había llegado al paraíso. Y realmente así me lo hicieron sentir Salvador de la Puerta y María Domecq. La suya es una de las ganaderías madre de la cabaña brava actual y su finca un olimpo de la biodiversidad. Mientras perviva la tauromaquia y los toros de Lagunajanda, Jandilla no será un campo de golf, ni una urbanización de chalets ni un centro comercial sino morada taurina para ibis eritreos, nutrias, trigueros, herrerillos, carboneros, águilas y búhos reales. Aquel día en el campo gaditano lo aprendí. Aquel día fue un remanso de paz verde entre tanto stress gris.

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