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Carlos Bueno - 26/01/2016

Hace poco más de una semana leía con estupor una noticia publicada en uno de los principales diarios de la Comunidad Valenciana. Con todo lujo de detalles y sin escatimar espacio, el rotativo narraba cómo voluntarios de la Cruz Roja habían atendido a una perrita que había sido atropellada en una calle de Valencia. Lamentablemente, y a pesar del esfuerzo del personal sanitario, Laska, que así se llamaba el animalito, no pudo sobrevivir y acabó falleciendo a causa del accidente. El relato iba acompañado de una foto del momento y aportaba datos pormenorizados de las lesiones sufridas por el can y de quienes eran sus dueños, unos panaderos del barrio que acudieron al lugar del siniestro al enterarse del incidente.

Yo no daba crédito a lo que estaba leyendo. Por muy triste que me parecía el suceso no entendía cómo se daba tan amplia cobertura al hecho. A diario los voluntarios de la Cruz Roja atienden a cientos de personas y no sale en los periódicos. Pero un animalito sí. La noticia real debía haber sido que los propietarios de un perro lo tenían suelto por la calle sin correa y sin bozal, y que la entrañable mascota había provocado un accidente que por suerte no fue fatal para algún ser humano. Quien suscribe estas líneas todavía lleva en el interior de su cuerpo una placa de titanio ensamblada a los huesos con una docena de tornillos porque un lindo perrito suelto y sin bozal saltó delante de mi bicicleta provocando mi caída que se saldó con el codo y la clavícula destrozadas, y afortunadamente no paseé a la otra vida porque el casco, que quedó literalmente reventado, se encargó de salvaguardarme el cráneo.

Pero si esta noticia me parecía sorprendente, más estupefacción me provocó la que leí el día siguiente en un medio de información balear: “La Policía Local salva un palomo herido en un accidente de tráfico”. Foto del agente con el ave en la mano, relato del suceso y parte de lesiones: una patita herida. ¡A dónde estamos llegando! ¡El valor de los animales por encima de las personas! Lo están haciendo muy bien los movimientos animalistas, los antis y las multinacionales de las mascotas. Su siembra de sensiblería barata está dando fruto, hasta el punto de que ya estamos cuidando y tratando a los animalitos como a nuestros semejantes.

Y ese afán sensiblero incluye erradicar la tauromaquia porque ellos piensan que se trata de una práctica que embrutece a los humanos. Pues no, todo lo contrario. Posiblemente es difícil de explicar y más complicado de entender para quienes se cierran en banda a escuchar.

Desde siempre en mi casa ha habido gatos, perros y pajaritos. A lo largo de sus vidas sólo les procuré bienestar, que es lo que deseo para los animales, pero sabiendo cual es el sitio y función de cada uno.

Me gusta la tauromaquia, adoro al toro y quiero que viva. Pero que lo haga para ser lidiado, su fin. Me revolvería las entrañas que no campara libre por la dehesa durante cuatro años. Me indignaría que muriese en un matadero después de ser engordado durante ocho meses porque ese no es su destino. Cada animal para lo suyo. Me enervaría que más de medio millón de cabezas de ganado bravo fuese aniquilado porque los defensores de los animales consiguieran su objetivo de acabar con la tauromaquia.

Qué viva el toro, como él mismo defendería si pudiese hablar. Que viva a sus anchas en plena naturaleza, sin peligro de morir atropellado en una céntrica calle de la ciudad. Porque el toro vive para morir defendiendo su vida con bravura y honor, como ninguno de sus semejantes tiene la oportunidad. Lo otro, lo de dedicarle espacio en los medios de comunicación a perritos y palomos atropellados, me parece populista y sensiblero, de ecologistas y animalistas baratos.

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