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Carlos Bueno - 03/11/2015

Leo con cierta tristeza las crónicas de algunos festejos que están celebrándose en Méjico. Pobres entradas y toretes impresentables. Todo sigue igual. La gente no se anima a ir a los toros porque los supuestos toros que deberían saltar al ruedo no parecen toros. Demasiados profesionales continúan sin entender nada. No miran el futuro de la Fiesta sino un presente regido por una avaricia que tendrá consecuencias demoledoras. Sólo un espectáculo emocionante tendrá pervivencia, y la emoción la provocan los buenos toreros ante toros con la entidad suficiente para magnificar sus labores.

Nadie demanda el toro de Bilbao fuera de Bilbao. Es cuestión de adecuar el trapío del toro a cada plaza sin que el animal deje de parecer un toro. Un toro íntegro y bravo, tan sencillo y tan legal. Porque no ofrecer un astado con apariencia de toro o que éste no haga honor a su condición de bravo es una estafa.

Empresarios y apoderados se lo tendrán que meter en la cabeza. Esto sólo lo sostiene la clientela, el aficionado, su dinero. Si no se venden entradas adiós a los empresarios, a los apoderados, a los toreros y a los toros. Es muy probable que algunas figuras tengan que concienciarse de anunciarse menos y con más compromiso, que algunos empresarios deban dejar de lado favores e intereses personales para diseñar ferias más abiertas y justas con toreros revelación, y que los ganaderos asuman que han de esforzarse en mantener una casta mínima en sus toros, aún cuando de vez en cuando la bravura pique una “miaja”. El público lo agradecerá volviendo a llenar los tendidos, y si se consigue una rebaja del precio de las entradas, por simbólica que sea, mejor.

La crisis todavía no ha pasado. Todos los sectores la han sufrido. Industrias y negocios han visto como se reducían sus beneficios. Se han apretado los cinturones vendedores y compradores, contratistas y contratados. Quizá gran parte del organigrama taurino siga resistiéndose a rebajarse los honorarios, pero es momento de mirar para adelante por el bien general y no particular, aunque algo le cueste a sus bolsillos.

Los ataques antitaurinos son cada vez más feroces y letales, y acabarán con la Fiesta si ésta no se sustenta con solidez. Si las plazas están llenas nadie podrá con los toros. Esa es la única realidad. No hace falta unión entre los taurinos, no hacen falta manifestaciones ni pancartas. La mejor defensa, la mejor muestra de unión y el mejor eslogan es acudir a los toros en masa. Contra eso ningún político se atreverá a arremeter. Frente a un espectáculo sano no pueden, algo que sólo se consigue cuidando a los clientes, ofreciéndoles un espectáculo íntegro, verdadero y emocionante al precio justo.

Los profesionales tendrán que seguir luchando por conseguir rebajas fiscales, por atraer juventud a los cosos, por organizar novilladas y por encontrar nuevos valores con magnetismo popular, pero sin descuidar la esencia de la tauromaquia.
 

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