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Carlos Bueno - 26/04/2016

"Sevilla no puede soportar esta Feria porque así es insostenible. Algunas tardes hubiera sido más rentable la suspensión". Lo dijo Ramón Valencia, empresario de la plaza de toros de La Maestranza, en cuanto acabó el ciclo abrileño. Las redes sociales se llenaron de mensajes, muchos de ellos publicados por antitaurinos que se jactaban de la situación. Tuvo pocas luces el gerente sevillano haciendo público el balance económico negativo de una Feria de Abril bien estructurada y con la presencia de todas las figuras pero con una demanda insuficiente de entradas. La culpa de la falta de rentabilidad recayó, directa o indirectamente, en los propietarios del Coso del Baratillo, los Maestrantes que, según se afirma en algunos círculos, llegan a cobrar hasta el 25’6 % de todos los ingresos brutos, un canon estrangulador que, unido a otro porcentaje similar que la Casa Pagés ha de costear en concepto de impuestos, impide cualquier atisbo de generar beneficios cuando los carteles anunciados son caros y los aficionados no responden en taquilla como sería oportuno, como ha ocurrido este año.

Pero los Maestrantes no son ahora los culpables de la situación. A finales del pasado mes de noviembre la propiedad de la plaza sevillana ofreció a los empresarios la posibilidad de renegociar el acuerdo de arrendamiento –cuyo origen se remonta a 1932– modificando a la baja el importe del alquiler a cambio de reducir la duración del contrato, que no concluye hasta 2025. Pero los inquilinos no aceptaron. Preferían capitanear La Real Maestranza más tiempo. Era su apuesta. Pensaron que confeccionar unos carteles atractivos era la solución a corto plazo. Pero no lo fue.

Echar a la gente de cualquier tipo de espectáculo es fácil, sólo se necesita desilusionarla; sin embargo recuperarla es muy complicado. En el asunto taurino, y hablando en general, mucho han aguantado los abonados antes de hartarse y dejar perder sus pases. Los que lo hicieron se han pasado a la modalidad de elegir sólo el festejo o festejos que más les interesan dejando de lado las combinaciones de menor fuste. Que vuelvan a adquirir sus abonos no será tarea sencilla. Habrá que darles buenos motivos y tiempo para que se reilusionen y lo hagan: ternas interesantes, toros encastados y precios ventajosos. Mientras no se oferte esa combinación no habrá recuperación de abonados, y no olvidemos que un buen abono es la base de la rentabilidad de cualquier feria.

Hasta hace unos años Sevilla contaba con unos 8.000 abonados, un colchón que posibilitaba un balance final de beneficios positivo. Con la crisis económica y el desencuentro entre empresa y figuras del toreo, que dejaron de anunciarse a orillas del Guadalquivir durante dos temporadas, la demanda de pases disminuyó hasta quedarse alrededor de 2.000 fijos. Se afirma que a día de hoy hay abonadas 2.335 localidades de la plaza, casi 6.000 menos que hace muy poco tiempo. Estas cifras imposibilitan la viabilidad económica de la Feria, pues los días de corridas caras se llenan los tendidos pero el resto se ve demasiado cemento. Evidentemente no es lo mismo que queden a disposición sólo 3.500 entradas que tener que vender 9.500 diariamente para que salgan los números.

Que se señale a los Maestrantes como culpables de la situación es lo  más cómodo, pero no lo más inteligente, máxime cuando hace poco más de cuatro meses se tuvo la ocasión de revisar el contrato de arrendamiento pero la empresa lo desestimó. Ahora, además de patalear, sería deseable que no se airearan cifras que carguen de argumentos al "enemigo". Una reunión interna del organigrama taurino en busca de soluciones parece lo más sensato. Y sobre todo trabajar para el aficionado.

Afirmaba Ramón Valencia que "parece como si ya apenas quedaran aficionados", olvidando que, voluntaria o involuntariamente y hablando en tono general, la Fiesta se está transformando progresivamente en un espectáculo para espectadores esporádicos. El toro sale cada vez más "domesticado". Ante él los toreros explotan su faceta más artística dejando de lado la heroica, y el público ocasional valora más las formas que el fondo. El tercio de varas es un trámite innecesario el 90 % de las ocasiones. Además no se suele hacer bien la suerte, no se luce, se pica demasiadas veces mal, y la concurrencia no valora la función del picador y pita en cuanto la puya se clava en la anatomía del burel. Los quites son un espejismo sorprendente que los asistentes incluso llegan a cuestionar si entienden que pueden perjudicar la posterior faena de muleta. Algunos toreos abusan de técnica para alejar su anatomía de la del astado todo lo que el decoro les permite, pues la exigencia del respetable cada vez es menor siempre que la faena resulte aparentemente bonita…

Sí, tiene razón Ramón Valencia; cada vez quedan menos aficionados de los buenos, de los ortodoxos que dan sentido a la tauromaquia y que sustentan económicamente la Fiesta. Durante toda la pasada Feria de Fallas de Valencia sólo embistió un toro; en la de Abril algunos más (con el zénit del Victorino ‘Cobradiezmos’), pero de momento insuficientes para que regresen los abonados que la Fiesta se ha permitido el lujo de ir echando. Si cae Sevilla se desmorona el toreo. Habrá que poner remedio antes de que sea demasiado tarde. Dejar de buscar el enemigo fuera y ejercer la autocrítica sería lo más oportuno. Y no es cuestión de ser negativo, sino de ser realista.

 

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