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Carlos Bueno - 28/03/2017

“Yo pensaba que a los toros indultados los llevaban al campo para dejarlos morir de sus heridas”. La aseveración es lamentablemente cierta y la pronunció un taxista hace sólo unos días. El hombre tendría unos sesenta años y escuchaba con interés la conversación que teníamos tres amigos en su coche. Hablábamos sobre Pasmoso, el toro que se ganó la vida en la pasada feria de Fallas, y el chófer se animó a intervenir en la charla para interesarse sobre el destino de los astados indultados. Cuando le explicamos que, después de ser curados, su función era la de ejercer de sementales durante el resto de sus vidas se apresuró a exclamar: “En la próxima vida yo quiero ser toro indultado”.

La anécdota no hace más que evidenciar la falta de información taurina que padecemos en la actualidad, una desinformación que es resultado de una mala información previa. Hace sólo un par de décadas el asunto taurino era materia “normal” y habitual en periódicos y espacios televisivos. En los informativos no sólo aparecían las noticias taurinas cuando había sangre de por medio sino que también se ocupaban de los éxitos resonantes de los toreros en las principales ferias. La gente sabía de toros mucho más que en la actualidad porque escuchaba sobre ellos a diario.

Pero la corriente antitaurina consiguió contaminar toda la sociedad con sus falsas proclamas. Aseguraban que a los toros, antes de salir al ruedo, les colgaban sacos de arena en el cuello durante horas, les golpeaban en los testículos y los riñones, les suministraban laxantes para debilitarlos, se les untaba grasa y vaselina en los ojos para dificultar su visión, se les ponía en las patas una sustancia que les producía ardor, se les inyectaban fármacos hipnóticos y no sé cuantas mentiras más. Directores y editores de medios de comunicación, lejos de desmontar tales falacias, se hicieron eco de una tendencia animalista que les permitía aliarse a un buenismo rancio que, a pesar de no tener ningún fundamento, les hacía parecer mejores, y fueron poniendo en cuarentena todo lo que tenía que ver con los asuntos taurinos. La información taurina fue desapareciendo de periódicos y, fatídicamente, de la pequeña pantalla.

Ahora, salvo los aficionados con solera, pocos conocen, no ya el verdadero sentido del toreo, sino las nociones más elementales sobre la tauromaquia. Todavía hay quien cree que los toros se crían en granjas y que el premio para un toro indultado es dejarle morir de sus heridas. En esos niveles tan bajos estamos. Conseguir transmitir las bondades y los valores que encierra la Fiesta y que los medios de comunicación vuelvan a propagarlos, sobre todo las televisiones, parece un reto utópico, pero sería el mejor remedio contra un desconocimiento fatal que tanto daño le hace a la tauromaquia.

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