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Carlos Bueno - 01/12/2015

Entrañable, por momentos íntima, siempre sincera, sencillamente deliciosa. Así resultó la charla que Cristina Sánchez ofreció el pasado fin de semana en el Club Taurino Punteret de Xàtiva. La matadora habló de forma abierta y espontánea, sin tapujos, de su paso por la tauromaquia. Ni un solo reproche, ningún lamento, sin rencor. La torera más importante de la historia sólo tuvo palabras de agradecimiento hacia el toro y hacia una profesión que la hizo feliz y que la ha convertido en quien hoy es.

Pero, más allá de su historia taurina, la disertación de Cristina fue una lección acerca del verdadero sentido de la vida, un camino más complicado de lo que últimamente la sociedad se ha encargado de hacer aparentar. El relato de su carrera fue el mejor ejemplo para ello. Consagrada al toreo desde niña, la madrileña creció y se hizo mujer de la forma más atípica que se pueda imaginar. Siempre rodeada de hombres y afrontando compromisos impropios de su edad. Nunca fue de fiesta con las amigas porque no las tenía, nunca tuvo una confidente a quien contarle su amor secreto, nunca se puso una mini falda y unos tacones porque no quería que nadie pensara que pretendía utilizar sus armas seductoras para conseguir contratos, y siempre tuvo que ir con sumo cuidado de no parecer demasiado poco femenina para que no la tildasen de lo que no era. Eso requirió de una fortaleza mental de difícil digestión, tan dura o más que la necesaria rigurosidad que su padre le imponía en los entrenamientos físicos.

Cristina se puso una coraza y tiró para delante hasta alcanzar su objetivo. Su trayectoria sobrepasó hitos, trofeos y estadísticas para acabar demostrando que la fuerza de la voluntad es primordial para conseguir las metas que cada uno se propone en la vida. Ahora cuenta su experiencia en un ilusionante programa de coaching dirigido a personas de muy diferentes situaciones sociales. Muchos de ellos se muestran escépticos cuando se presenta como matadora de toros, pero todos acaban sucumbiendo ante la verdad que entraña su relato. Y eso es precisamente lo que más necesita la Fiesta en la actualidad, llegar al mundo exterior, a los a-taurinos, a quienes atacan al toreo desde el desconocimiento. Porque la tauromaquia es el mejor ejemplo de lo que representa la vida: dolor y alegría, arte y desastre, éxitos y fracasos, pasión y desilusión, emoción y decepción, pero siempre esfuerzo.

Sin disciplina, sacrificio, constancia y empeño no hay buenos resultados. Sin inquietud por aprender, sin espíritu inconformista no hay superación. Lo dijo Cristina en Xàtiva y me alegré de estar presente en un coloquio tan aleccionador y, sobre todo, de ver gente joven escuchándola ahora que los padres, seguramente de forma equivocada, intentamos que el camino de nuestros hijos sea lo más cómodo posible. Me alegré también de que ella sea embajadora de la tauromaquia en foros ajenos al sector, y me pareció extraordinario que se haya ofrecido para colaborar de manera desinteresada con la Fundación que pronto verá la luz y que pretende defender y promocionar el toreo. Después de oír su exposición estoy convencido de que se trata de una inestimable incorporación. En este mundo hace falta más gente como ella. Más Cristinas, por favor.
 

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