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Carlos Bueno - 20/01/2015

Llegan los mejicanos a la organización de los toros en España. Hay quien da la voz de alarma. Otros lo dicen con alegría, sin esconder el alivio que sienten. Todos coinciden en que se trata de capital extranjero en la Fiesta española. Yo no estoy muy de acuerdo con ello, ni en que la tauromaquia sea española (lo es sólo en origen) ni en que el capital sea extranjero. El dinero es dinero aquí, allá y acullá, y el dinero se invierte donde sea para que genere más dinero; es lícito.

A base de talonario la empresa mejicana de Bailleres se ha hecho con gran parte del poder taurómaco español, necesitado de billetes frescos y posiblemente de ideas nuevas. En principio el asunto parece buena cosa para la preocupante salud de la Fiesta, aunque sin duda regentar más de veinte plazas, apoderar a varios de los toreros más significativos del escalafón y poseer diversas ganaderías convierte a esta sociedad en un potentísimo monopolio, algo que, dependiendo de cómo ejerza su fuerza, acabará siendo más justo o más injusto.

Alberto Bailleres es un empresario multimillonario gran aficionado a los toros. Seguramente no le importe perder dinero en esta aventura, al menos en principio. Toda inversión necesita de un tiempo para ser rentabilizada. Pero que nadie olvide que a nadie le gusta tirar su patrimonio, por inmenso que sea. Por eso sólo cabe desear buena suerte a esta nueva andadura taurina internacional. No caben los agoreros ni los cenizos, sólo quienes quieren el bien general de la Fiesta.

A principios de los 90, la plaza de toros de Valencia estaba regentada por Felipe de Luz, Andrés Hernando y Luis Álvarez, avalados económicamente por dos testaferros en la sombra conocidos como los canadienses. No recuerdo muy bien si de verdad eran norteamericanos o simplemente tenían negocios allí. Lo cierto es que un buen día los canadienses perdieron el interés taurino, se declararon insolventes y desaparecieron sin organizar la Feria de Julio. Dejaron plantados a sus socios y con ello a los aficionados, y la Diputación tuvo que contratar en un plan de urgencia a Miranda y Barceló para que Valencia no se quedara sin toros.

Esperemos que la andanza taurina del grupo Bailleres en España no se trate de un simple capricho, que no sea sólo una inversión económica buscando rentabilidad sino la consecuencia de una verdadera pasión. Sería muy peligroso que todo acabase como el juguete roto que se tira a la basura, como hicieron los canadienses. En principio entre Méjico y Canadá hay más de 3.000 kilómetros de distancia, y presupongo que la afición entre aquellos americanos y éstos es abismal, afortunadamente.

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