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Carlos - 14/04/2015

Hace tiempo, mucho tiempo ya, el uro se extendía por los bosques de Italia, Centroeuropa y Sáhara Oriental. Pero aquel animal salvaje con cuernos que dio lugar al toro de lidia actual se extinguió en el siglo XVII en las selvas de Polonia. No existían entonces plataformas animalistas que defendiesen sus derechos y, ante la amenaza que suponía para cualquier persona encontrarse con uno de ellos, acabaron exterminándose todos los ejemplares.

En España no sucedió lo mismo porque el ejército utilizaba el uro para que el cuerpo de caballería se adiestrara. ¿Quién no ha visto grabados de Goya representando al Cid Campeador alanceando toros? Los caballeros practicaron destreza y puntería con el peculiar animal. Se agrupó tan valioso y bravo “material” y se dispuso de él para que las tropas se entrenaran, una actividad que era motivo de fiesta para el pópulo y que acabó desembocando en la primigenia tauromaquia, realizada a caballo y que evidentemente necesitaba de su materia prima: el astado.

El toro pervivió en España y nunca estuvo en peligro de extinción. Tanto es así que hoy en día pasan el medio millar las ganaderías de bravo que hay en la península, además de las dedicadas a criar animales para las calles y sin tener en cuenta las que proliferaron en Francia y en América latina gracias a la exportación que a lo largo de la historia se ha hecho de nuestro animal más genuino.

Las ganaderías constituyen reservas de flora y fauna de incalculable valor medioambiental que, a pesar de su elevado coste, se mantienen gracias a la existencia de la tauromaquia, al espíritu altruista de los ganaderos y, por qué no decirlo, a su pasión por el campo, o lo que es lo mismo, a su sentido del ecologismo más consecuente, el que les ha llevado a mantener sus dehesas vírgenes de chalets aún cuando la rentabilidad de las explotaciones nunca haya ofrecido la menor garantía.

No analizaré ahora los miles de puestos de trabajo que genera el sector taurómaco, ni el impacto económico que supone la celebración de cada feria, ni los millones de euros taurinos que las arcas nacionales recaudan en concepto de impuestos. Simplemente es cuestión de dejar claro que los toros se mantienen por la preocupación de los protaurinos. Si fuese por los antis ya se hubiera cometido un tauricidio con los más de medio millón de animales bravos que hay en el campo, y las ganaderías hubiesen dejado de ser zonas ecológicas para convertirse en parcelas, urbanizaciones o grandes superficies comerciales y de ocio.

El campo es un tesoro al que hasta hace unos años era difícil acceder. En la actualidad es relativamente sencillo poder ver una ganadería. Hay visitas organizadas que acercan la dehesa a quien esté dispuesto a dejarse seducir por el encanto de la naturaleza más impactante. Que los antitaurinos lo hiciesen sería lo más oportuno y coherente, quizá así conocerían mínimamente de qué hablan. Pero todos sabemos que eso es pura utopía. Así es que le recomiendo (a usted querido aficionado o simple curioso) que busque la manera de no perderse la maravilla del espectáculo del toro a campo abierto. No lo olvidará.

 


(Dedicado a los ganaderos que el pasado fin de semana me abrieron las puertas de su casa y a los vaqueros que me regalaron parte de su tiempo. Gracias a ellos los hijos de este humilde servidor convinieron en que valió la pena dejar por unos días a los amigos y realizar casi 2.000 kilómetros para encontrarse con el dios uro en su entorno)

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