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Carlos Bueno - 27/06/2017

Se dice que de toros no entienden ni las vacas, y parte de razón tiene la tesis. Pero hombre, hay quienes tienen más idea que otros, bastante más. Suele ocurrir que conocimiento taurómaco y discreción van a la par. Es decir, que cuanto más sabe un aficionado de toros más inadvertido intenta pasar. Mientras que, por el contrario, hay auténticos analfabetos taurinos que vociferan sus sentencias como si estuviesen en poder de la verdad absoluta e incontestable. Es la figura del “enterao”, y los hay en todas las plazas del mundo.

Normalmente todas sus proclamas son auténticas aberraciones que se acrecientan según transcurre la corrida y el “enterao” va viéndose arriba. Parece que yo tengo cierto imán para atraerlos, y habitualmente me cae alguno de ellos de vecino de localidad en cada coso al que acudo a ver toros. En Alicante tuve la suerte de compartir tardes de toros con diferentes “enteraos”. Mi táctica siempre es la misma: escucharles y callar sin entrar en disputas ni explicaciones.

Es habitual que los “enteraos” sean tardones y lleguen a los aledaños de su localidad cuando los clarines ya han sonado. El “enterao” a quien va dirigido este artículo no podía ser menos y, tras indagar y preguntar a unos y otros dónde estaba situado exactamente su asiento, con el paseíllo ya roto se decidió a acceder a él cual elefante en una cacharrería. Después de darme un pisotón en el pie izquierdo y de derramar medio gin-tónic sobre mi camisa nueva, pisó el pie derecho de mi mujer al tiempo que vertía sobre su falda el resto del gin-tónic. No pidió disculpas porque no pareció advertir su torpeza. Una vez sentado el “enterao” no paró ni un minuto de retransmitir el festejo según su criterio.

Sería infinito enumerar la cantidad de barbaridades que aquel sujeto soltó por la boca. La corrida fue extraordinaria, pero el “enterao” no se cansó de asegurar que los toros no tenían ninguna fuerza, que no querían pelear y que además se les picaba poco, al tiempo que les llamaba gandules a los picadores después de cada vara, todo un sinsentido. Tampoco cejó de gritarles a los toreros que acabasen la faena cuando a él le venía en gana, aunque luego, cuando los coletudos remataban una nueva tanda, se ponía en pie aplaudiendo con un estruendo sorprendente. ¡Qué bonito, qué bonito!, repetía cada vez que el matador realizaba algún pase que él no identificaba. Aseguraba que conocía a todos los toreros y que todos eran unos gandules, dejando adivinar que gandul era una de sus palabras favoritas, aunque no estoy seguro de que conociese su verdadero significado.

Sólo hubo un momento de sosiego, y fue cuando el “enterao” se marchó al bar de la plaza en busca de un nuevo gin-tónic. A su regresó el aposentador no le dejó acceder al tendido porque ya había saltado al albero un nuevo astado. ¡Qué paz! Pero volvió para la lidia del quinto. Se situó esta vez en la fila anterior a la mía, en un hueco que quedaba vacío. Me libré con ello de una nueva ducha alcohólica, pero no de sus manifestaciones en voz alta. Entabló conversación con una señora que había ido sola a los toros. Más que un diálogo fue un monólogo. La interrogó, la adoctrinó, la mortificó. Menuda tortura.

Y a todo esto yo callado, manteniendo la calma y la compostura. A lo sumo echaba una miradita cómplice a mis vecinos de localidad. Sólo una vez no pude contener mi boca cerrada, y fue cuando dijo que el toro que estaba lidiándose era “¡manso, manso!”. Entonces me volví hacia mi mujer y le expliqué en voz alta y clara, para que el “enterao” lo escuchase bien, las virtudes de aquel animal, su fijeza, prontitud, recorrido, entrega, cómo hacía el avión al embestir, incluso me atreví a vaticinar que se iba a pedir su indulto. Tuve la suerte de que poco después parte del público solicitara el perdón de la vida del astado, aunque no se le llegó a conceder. Sólo durante esos instantes el “enterao” permaneció callado.

Y cuando pensaba que el “enterao” ya no continuaría emitiendo sentencias, salió por chiqueros el último de la tarde, y el fenómeno siguió compartiendo sus particulares conocimientos con todos nosotros. Todavía no sé si hago bien o mal cuando resisto en silencio ante todos esos “enteraos” que me amargan una tarde de toros. Es por eso que pido consejo, y a aquel que me haga la mejor sugerencia le regalaré un “enterao”, que haberlos haylos.

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