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Carlos Bueno - 11/07/2017

Soy corredor de encierros y defensor a ultranza de la que posiblemente sea la modalidad más antigua de la tauromaquia. Hay emoción y verdad en las careras delante de los toros y atraen a numeroso público hasta donde se celebran, generando una publicidad y una riqueza en la economía local impagable.

San Fermín es el encierro por excelencia, sin duda el mejor cuidado y el de mayor fama. Sólo en España, la audiencia televisiva de cada encierro en directo suele situarse en el 50% de share, aunque muchos días se supera este porcentaje ampliamente. Además, a la cifra hay que sumar los televidentes que ven la retransmisión por el canal internacional, programación especial y repeticiones. El secreto de su incuestionable tirón mediático no hay que buscarlo sólo en ver correr a 3.000 personas delante de un grupo de astados, sino en lo bien que lo han hecho los diferentes medios de comunicación que a lo largo de los últimos años han programado los encierros en sus parrillas, que no han escatimado en promoción y en especialización de sus profesionales, tanto detrás como delante del micrófono.

Sin embargo estimo que poco a poco se han ido pasando en explicaciones supuestamente profundas y tecnicismos depurados. Los toros corren en estampida por la inercia del estrés, por mimetismo con los cabestros adiestrados, por encontrarse en un hábitat totalmente extraño para ellos. Hablar de nobleza, de entrega, de bravura o de otras cualidades atendiendo solamente a su forma de galopar es absurdo, y hablar del valor de unos mozos que mientras pueden huyen de los pitones una osadía, un agravio comparativo con quienes luego se quedan quietos ante las embestidas de los mismos animales.

La diferencia entre el toreo y la tauromaquia popular es que el torero confía en el toro, en que no haga por él mientras permanece inmóvil a escasos centímetros suyos, mientras que el corredor confía en sí mismo, en sus condiciones físicas para esquivar el peligro. Claro que ambos tienen valor, por supuesto, pero se trata de méritos bien diferentes. La gallardía de quien viste de luces se mide por su capacidad de quedarse quieto; el corredor se considera más bizarro cuanto más lejos le lleven sus piernas. 

No me parece mal que se ensalce la valentía de quienes sortean cuernos en espantada siempre que no se menosprecien las agallas que tienen los toreros, a quienes verdaderamente se debe la existencia de los encierros, una actividad que, al principio, sólo servía para trasladar a los animales desde su lugar de estancia hasta la plaza donde iban a ser lidiados.

Sería justo que en las retransmisiones se enfatizara más en los valores que entraña el toreo, verdadero motivo por el que sigue perviviendo el toro. Toda esa atribuida técnica compleja que se debe poseer para evitar ser alcanzado por los astados y que, a veces, se analiza hasta límites ridículos, ha conseguido pegar a las pantallas de televisión a millones de espectadores, y quienes están locutando los encierros no deberían olvidar que su razón de ser estriba en su posterior lidia.

Yo seguiré defendiendo los encierros a capa y espada, y corriéndolos mientras mi condición física me lo permita, pero quedarme quieto delante del mismo animal del que he escapado… ni hablar.

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