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Carlos Bueno - 13/06/2017

Recuerdo el impacto que me produjo la primera vez que le vi. Fue en una novillada en Valencia hace una docena de años. Arrancó el paseíllo y emergió del patio de cuadrillas sobrepasando al resto de toreros en medio cuerpo. Aquel chaval se acercaba a los dos metros de altura, seguro. Parecía el pívot de un equipo de baloncesto. “No es posible que toreando tenga una estética bonita”, pensé. Pero estaba equivocado. Cuando Israel Lancho se puso a torear su estatura pasó a segundo plano. Le gustaba llevar largos a los astados, muy toreados, con mando, y era tal su autoridad que, aún cuando sus novillos se pararon, se impuso de forma apabullante sin mostrar duda alguna. Los pitones de uno de sus antagonistas le arañaron literalmente la taleguilla en varias ocasiones mientras el extremeño permanecía impávido. Tragó, desengañó al animal y le obligó a seguir su muleta en una labor que le valió el premio a la mejor actuación de novillero de aquella temporada en Valencia. Un larguirudo cojonudo, titulé la crónica de aquella tarde, y aquel larguirudo valiente siguió toreando con desnuda verdad allá donde le dieron cabida.

Todo aficionado recordará las dramáticas imágenes de la sobrecogedora cogida que sufrió entrando a matar en San Isidro de 2009 y la entereza con la que volvió a los ruedos en menos de tres meses. Por cierto, una temporada que acabó con tan sólo tres contratos. La verdad es que, inexplicablemente, en ninguna de sus campañas ha logrado sobrepasar los seis paseíllos en España a pesar de que la total entrega y el asombroso valor han sido su norma habitual de comportamiento. Tan complicado lo ha tenido que ha habido años que todas sus actuaciones han sido en cosos peruanos, como ha sucedido en las dos últimas temporadas. No le ha valido dar la cara y casi la vida en Madrid en ocho ocasiones a lo largo de su carrera. Ni siquiera en su Badajoz lo ha tenido fácil, plaza que ha abandonado a hombros cinco de las seis tardes que ha toreado y aún así se quedó fuera de los carteles en varias ediciones, como ha vuelto a ocurrir en esta ocasión.

Se presentó la feria de 2017 hace unos días y el nombre de Israel Lancho no aparece anunciado. No son malas las combinaciones, desde luego, y quizá Israel no merezca el puesto más que alguno de sus compañeros, pero tampoco menos. Que Lancho estuviera anunciado era cuestión de justicia y sobre todo de sensibilidad. Cumple diez años de alternativa y era el momento de reconocer a un matador que no goza del amparo de una casa grande pero que lleva por bandera la grandeza del toreo sincero. Seguramente ese sea el problema, que hoy prima más el peso de quienes apadrinan que las expectativas levantadas por los diestros sobre el albero.

De momento el pacense todavía no lo ha podido celebrar su aniversario toreando en España. Pero queda temporada por delante. Tal y conforme están las cosas no será fácil meter cabeza en otra plaza que no sea la de Madrid, y quizá un éxito en Las Ventas sea la única solución a su situación. No me cabe la menor duda de que Israel Lancho sigue siendo el torero que un día me impactó, ese larguirudo cojunudo capaz de sorprender al más incrédulo. Sólo hace falta que le den la oportunidad de demostrarlo.

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