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Carlos Bueno - 30/05/2017

Hacer el paseíllo en la plaza de Madrid es un trago tan duro como necesario para cualquier torero que ansíe la gloria. Asombra la grandeza del edificio, impone el trapío del toro, motiva su magnitud mediática y su férrea exigencia conlleva un desvelo poco comparable al del resto de cosos. Y todo porque hoy por hoy sólo un éxito en Las Ventas es capaz de poner en órbita al diestro más inesperado y en figura a quien cautive a sus tendidos.

No es fácil abrir su puerta grande, todo lo contrario. Hay demasiados factores que confluyen para que el triunfo no se convierta en norma habitual sino excepcional. Uno de ellos es su público, tan riguroso, tan intransigente, tan implacable que generalmente podría tildarse de agrio. Nada nuevo, pues la afición de la primera plaza del mundo siempre fue así. Ya a finales del siglo XIX en su explanada se vendían “pitos para El Guerra”, lo que da cuenta de la predisposición con la que los espectadores entraban al recinto cuando toreaba el califa cordobés.

En las calles madrileñas no hay ambiente festivo durante su dilatado San Isidro y la mayoría de asistentes acuden a las corridas al acabar su trabajo, lo que, sin duda, contribuye a la falta de alegría en los tendidos. Pero esa severidad es precisamente la que convierte a Las Ventas en el coso más determinante del orbe. Es verdad que no siempre parece que en él se actúe con toda la justicia que sería deseable, pero cuando algo extraordinario sucede sobre su arena y la concurrencia se entrega, la recompensa es inimaginable, posiblemente única.

La tauromaquia sólo tiene sentido desde el respeto a la ortodoxia, a la liturgia, al toro y al público. Únicamente la exigencia conseguirá que el toreo perviva. No todo vale, sólo la verdad. Y Madrid, sin duda, equilibra los excesos generosos de otras plazas para que la verdad acabe imperando, así fue siempre y así deberá seguir siendo. No sería bueno que el resto de plazas perdiesen su idiosincrasia intentando emular a Las Ventas, eso no. Cada ciudad, cada afición, debe mantener su propia personalidad. También Madrid con su, en ocasiones, aparente desmesurada rigidez. Porque en la variedad está el gusto y en la dificultad el mérito. Sería insoportable sufrir en todas partes la aspereza venteña, pero resultaría fatal que no existiese.

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