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Si el picador se va tras él se irán las banderillas, y luego la puntilla, y después el estoque. Y el toreo será otra cosa, pero no el toreo.
Carlos Bueno - 05/12/2017

La pasada primavera tuve el privilegio de asistir a un par de tentaderos en diferentes ganaderías. Al menos allí, en las dos plazas de tientas, salió el caballo. Me refiero al caballo de picar. Apenas trabajó, pues a las becerras no se les pedía más que tres livianos encuentros, tres cites, tres citas amigables sin la mínima exigencia. Cumplir el expediente y a torear. Nada que ver con otros tentaderos en los que había estado presente hace una decena de años.

Sí, al menos salió el caballo, porque me habían contado que hay ganaderos que ya no lo sacan. Me resistía a creerlo, pero después del simulacro que presencié salí convencido de que aquello que me contaban sería verdad. Hace unos días lo confesó públicamente sin tapujos otro ganadero en un coloquio: “En mi casa las becerras no entran al caballo”, y además sentenció que “si dentro de un tiempo todavía existen los toros será en la calle y no en la plaza”. Y parece evidente que si todo sigue así el señor ganadero estará en lo cierto.

El tercio de varas ha sido parte fundamental de la tauromaquia y lo debería seguir siendo. Es innegable que en las últimas décadas ha perdido su esplendor de antaño, y con ello se ha perdido una parte de la lidia. La emoción de ver a un toro poderoso acudir a la llamada del piquero se puede considerar ya un hecho excepcional, que la vara sirva de verdad para ahormar su potencia parece una quimera, y que el picador sea un buen jinete y realice la suerte con pureza es prácticamente una utopía. La verdad es que a los montados no les hace falta poseer una gran dosis de habilidad porque impera la efectividad, no la ortodoxia.

El matador quiere que el toro salga picado del primer encuentro porque las orejas se cortan con la muleta. Así es que no hay que demorarse. Y el jinete cumple su función sin nada que objetar. Monopuyazo con el astado estampado contra el muro del peto, carioca para que no salga suelto y misión cumplida. Además ya casi nadie rechista en el tendido. Al contrario, se agradece la rapidez. Dicen que es porque la sociedad actual no soporta la sangre, pero yo estoy convencido de que es cuestión de falta de educación taurina. ¿A quién, que entienda de la materia, le va a disgustar ver una buena pelea en varas? ¿Quién quiere dejar de contemplar una competencia en quites emocionante?... y todo por el mismo precio.

Pero hace falta que salga un toro un ápice más fuerte que aguante tres puyazos y dos quites y que después se deje muletear como quieren los toreros y gusta al público. Y hace falta más pedagogía taurómaca. Complicado, es evidente. Complicado que los matadores quieran comprometerse en este asunto y asuman mayores riesgos, y complicado que se puedan divulgar los motivos y excelencias del tercio de varas. Los toros no existen en televisión, que podría ejercer una función didáctica en esta materia, y los tentaderos son un coto privado de imposible acceso para la inmensa mayoría de mortales. Además son los propios ganaderos, contagiados de la moda actual y subordinados a la voluntad de los matadores, quienes están desterrando esta suerte de la tauromaquia.

En esta materia Francia vuelve a convertirse en un pequeño bunker y a darnos una lección. El aficionado galo es, muy probablemente, menos espontáneo y efusivo que el español, pero en cambio es, con total seguridad, más curioso e ilustrado. Por eso conoce la importancia de la función del picador, le exige y continúa valorándolo como merece. De ahí la razón de que en las plazas francesas los profesionales se esmeren más a la hora de ejecutar el tercio de varas.

Pero en España parece que no somos capaces de defender la pervivencia del picador, y si algún día acaba desapareciendo se le habrá dado razón a los antitaurinos en eso de que somos unos bárbaros sangrientos. Si el picador se va tras él se irán las banderillas, y luego la puntilla, y después el estoque. Y la tauromaquia se convertirá en una capea con un animal que saldrá de chiqueros con las fuerzas más que limitadas. Y el toreo será otra cosa, pero no el toreo.

Si el picador desaparece será el principio del fin. Y entonces el ganadero que sentenció que “si dentro de un tiempo todavía existen los toros será en la calle y no en la plaza” habrá estado en lo cierto, porque en la calle no se pican los toros. Pero los culpables no serán los antis sino el propio sector, que se habrá dejado ir tras la comodidad sin haber sabido defender los valores que encierra la tauromaquia como merece algo tan auténtico. Larga vida al picador.

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