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Los antitaurinos siguen nutriéndose de rancias creencias para intentar vapulear el toreo. Todo vale por podrido que esté en pos de conseguir su objetivo. Y, cuando sus injuriosos argumentos se esgrimen desde la atalaya que confiere el poder político y/o de los medios de comunicación, se corre el riesgo (o se busca adrede) de mermar los derechos y libertades de las personas.
Carlos Bueno - 17/04/2018

Los tópicos antitaurinos más obsoletos e inverosímiles siguen sirviendo de infame argumento a los animalistas más ignorantes. Por increíble que parezca, hay quien continúa defendiendo que a los toros se les embadurnan los ojos con vaselina para dificultar su visión, que se les cuelgan sacos de arena en el cuello durante horas, que se les golpean en los testículos y riñones, que se les provoca diarrea, que en las pezuñas se les pone una sustancia que les produce ardor, que se les rasgan los músculos del cuello, que se les inyectan fármacos hipnóticos y no sé cuántas atrocidades más fruto de mentes retorcidas y que resultan inadmisibles para cualquier ser medianamente razonable.

Pero a la gran masa antitaurina no le interesa razonar ni conocer la materia sino armar lío y salirse con la suya. La última ofensiva sin fundamento contra los toros ha sucedido en Valencia, donde hace unos días la directora de la nueva televisión pública autonómica volvió a ratificarse en su intención de no retransmitir corridas ni dar información sobre la celebración de festejos de toros embolados, todo porque, según ella, “su” televisión no puede mostrar imágenes que afecten a la dignidad animal.

No quiere saber la directora que, muy posiblemente, uno de los animales que más dignamente vive es el toro y que, además, la televisión pública valenciana debe ocuparse de la identidad, cultura y tradiciones de su pueblo, le gusten personalmente o no, y entre ellas están los toros, pues en territorio valenciano se celebran más de 9.000 festejos cada año. Su percepción de que las corridas son una manifestación de maltrato animal bastó para descartarlas de la parrilla televisiva. No le conviene tener en cuenta la cuidada vida en libertad que goza un astado, ni el valor medioambiental que supone una ganadería para el hábitat de flora y fauna, ni la realidad de que el toro muere defendiendo su vida con honor, ni su condición de bravo, única en la naturaleza, ni que la celebración de corridas implica su pervivencia como animal.

Para esgrimir su no a la información sobre la celebración de festejos de astados embolados se mostraron imágenes del Toro Júbilo de Medinaceli en Soria, nada que ver los de Valencia. Y la mala intención fue más allá y se quedó en tópicos como que los animales embolados sufren lesiones irreparables en su visión y que los herrajes les causan daños y transmiten calor. La Federación de Peñas de Bous al Carrer emitió de inmediato un comunicado en el que explicaba, una vez más, que las lesiones observadas por los veterinarios al final del espectáculo van a la baja en los últimos años y se detectan un 0'29% de lesiones graves en los más de 1.000 espectáculos analizados, que no se encuentran lesiones oculares en los animales embolados debido a la embolada, por tanto ésta no les causa daño a los ojos, que la utilización de herrajes adecuados a la norma vigente en la Comunidad Valenciana no lastima los pitones de los animales, que la transferencia de calor de la bola en llamas al cuerpo del animal es prácticamente nulo y en ningún caso les provoca quemaduras, y que la continuidad del espectáculo garantiza la preservación de un patrimonio genético inconmensurable como es el del toro de lidia.

Blanco y en botella. Pero ¿escuchará la directora los datos contrastados y probados que los veterinarios y la afición aportan, o continuará intentando convencer de que la única verdad son sus argumentos trasnochados y desmontables a pesar de que resultan inadmisibles para cualquier ser medianamente razonable? No tardaremos en conocer la respuesta, pero me da a mí que todo se trata de una trama política en la que poco importa el animal ni, lamentablemente, el interés de los ciudadanos.

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