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Carlos Bueno - 18/04/2017

Recuerdo perfectamente la primera corrida que vi en La Maestranza de Sevilla. Domingo de Resurrección de 1997. En el cartel Curro Romero, Joselito y Ponce con toros de Torrealta, entonces sempiterna divisa para la ocasión. Conservo en mi memora innumerables detalles que aquella tarde me impactaron. Los secos y penetrantes olés sevillanos (mezcla de olé con bien), nada que ver con los musicales y melodiosos de mi tierra valenciana; la absoluta atención del público maestrante a lo que acontecía sobre el albero y a las decisiones presidenciales; una tanda de naturales de Joselito; la magistral faena de Ponce que le valió cortar la primera oreja de su carrera a orillas del Guadalquivir; y cuatro verónicas y una media de Curro que pusieron la plaza del revés.

Entonces decir Domingo de Resurrección era decir Curro, Curro Romero, evidentemente. Su nombre lo envolvía todo. Añoro aquella época, quizá porque nuestra mente nos suele jugar la mala pasada de juzgar que todo tiempo pasado fue mejor. No lo fue, seguro, pero demasiadas veces me lo parece. Había más afición, pasión y alegría. Y menos coacción, retraimiento y antitaurinos. Se presumía de poseer una entrada, que generalmente era un tesoro muy difícil de conseguir, y hasta los toros parecían mejores. Es cierto que de todo habría, pero ahora, sin Curro y sin toros, las cosas no son lo mismo.

Lo del inigualable Curro tiene solución, porque en el escalafón hay nombres con reclamo suficiente para llenar la plaza, como ha quedado demostrado este año, pero lo de los toros si no se resuelve pronto se puede convertir en un problema más gordo de lo que puede aparentar. La pasada feria de Fallas fue una muestra de falta de casta generalizada. No mejoró el panorama en La Magdalena de Castellón. Por debajo de los mínimos la primera corrida de Victorino y la segunda de Montealto en Madrid. Y ayuna de raza la de Cuvillo en la Resurrección hispalense.

Ya sé que todos los ganaderos quieren que sus toros embistan y que aseguran no tener la culpa de que no lo hagan. Quizá la causa de la situación actual haya sido que la obsesión por la búsqueda de un toro “perfeccionadamente” pastueño y obediente ha conllevado una condescendencia excesiva con las características que estrictamente tienen que ver con la bravura. Pero sea por lo que fuere, de lo que se trata es de recuperarla antes de que la afición pierda la paciencia y, decepcionada, deje de acudir a las plazas.

La temporada sólo ha hecho que comenzar y es pronto para sacar conclusiones, pero de momento ya llevamos un puñado de desilusiones de difícil digestión. Curro no volverá, pero sería conveniente que la casta resucitase pronto, no sea cosa que aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor” acabe convirtiéndose en realidad.

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