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Carlos Bueno - 26/05/2015

El resultado de las últimas elecciones municipales y autonómicas es claro: la gente se ha hartado y exige un cambio. No quiere seguir viendo a los de siempre cayendo una y otra vez en los mismos errores. A la hora de determinar el voto han prevalecido los equívocos y despropósitos de los grandes partidos a sus aciertos y éxitos. No sé si el nuevo panorama gubernativo que se dibuja en España acabará siendo todo lo positivo que sería deseable, lo que resulta indiscutible es que debe hacernos reflexionar a todos, a políticos y a ciudadanos de a pie, y también, por supuesto, al negocio taurino.

Decía Ortega y Gasset que para conocer el estado de la sociedad española sólo había que asomarse a una plaza de toros, una afirmación perfectamente reversible. Es decir, que la condición anímica de la gente es la misma en todos los ámbitos. Si en la calle se vive un ambiente que invita a la renovación, en los toros también. No en vano un coso es la representación de la sociedad, con su tendido y sus andanadas, gente abajo y arriba, sol y sombra, ricos y pobres, toristas y toreristas, de derechas y de izquierdas, contentos y enfadados, satisfechos e inconformistas. Y el organigrama taurino actual se parece mucho al entramado político que las recientes elecciones acaban de postergar. Hay un pequeño grupo de empresas que manejan a su antojo los hilos del sector. Se trata prácticamente de un monopolio con un poder que, en algunos casos, llega a ser despótico.

Es tiempo para la autocrítica, para que el empresariado se acerque a la voluntad de la afición, para que no se queden sentados los toreros que han hecho méritos aunque no pertenezcan a las grandes casas de apoderados, para que se apueste por la casta y la bravura de los toros, para que se ofrezcan carteles que incorporen novedades ilusionantes, para que se relegue a quienes no tienen más aval que un respaldo influyente, para que se dejen de pagar favores personales que no interesan a la clientela… Es cierto que en el toreo no hay elecciones, pero si cunde el desencanto la gente dejará de pasar por taquilla, y ese sería un voto de castigo demasiado duro para encontrar soluciones postreras.

Además, los posibles pactos que se intuyen entre algunos partidos políticos no auguran buenos tiempos para la tauromaquia, más bien todo lo contrario. El relativo apoyo que hasta ahora estaba recibiendo puede irse fácilmente al traste. De momento cabe la alegría de que en San Sebastián los antitaurinos de Bildu han perdido la alcaldía. El resto pinta mal, bastante mal, y peor si la esfera taurómaca no se pone las pilas y toma nota de la voluntad popular.

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