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Carlos Bueno - 30/09/2014

Las primeras noticias taurinas que se conservan en el Archivo Municipal de Algemesí datan de 1643, aunque mucho antes ya se celebraban festejos taurinos. El montaje de la peculiar plaza rectangular de madera conserva la misma apariencia desde principios del siglo XVIII. En todo este tiempo nunca habían ocurrido unos hechos tan lamentables como los sucedidos este año durante su feria de septiembre, cuando un grupo de antitaurinos ocupó la entrada principal del coso con la intención de provocar a los aficionados.

Se concentraron alrededor de 200 antisistema, alguno de los cuales lanzaron excrementos, piedras y colillas contra todo aquel que tuviese la intención de acercarse al recinto. La tensión alcanzó su clímax cuando uno de los activistas se encaramó a la estructura de la plaza para derribar el cartel anunciador de los festejos y para cortar las cuerdas que sujetan los pinos que conforman el singular esqueleto del edificio. Fue entonces cuando un vecino subió para emprenderla a golpes con él mientras le gritaban “asesino, asesino”.

La imagen ha salido en todas las televisiones tergiversada por un sensacionalismo poco ético e incomprensible. ¿Tan difícil es contar la verdad? La violencia nunca es defendible, pero ¿quién provocó, quién empezó? Es difícil controlar a las masas, máxime cuando se está en aplastante mayoría, y los 200 abertzales reclutados por toda España eran una minucia si tenemos en cuenta que en Algemesí hay más de 4.000 abonados (y muchos más que sin serlo disfrutan de la fiesta en la calle).

Según la mayor parte de las cadenas de televisión los provocados fueron los malos y los agitadores las víctimas. No se dijo que se trataba de una manifestación ilegal, ni que se insultó de la forma más agraz imaginable a madres con sus hijos, ni lo de la mierda preparada en bolsas que algunos arrojaron contra los espectadores. Debe ser que vende más la sangre, la de la ceja de un señor que recibió un “cubitazo” después de haber sido él quien tiró la primera piedra; la de una chica que se autolesionó para salir en pantalla (como al día siguiente confesó un compañero suyo indignado anunciando que nunca volvería a estar presente en una rebelión de ese tipo).

Los culpables de todo esto son quienes no saben vivir en democracia y no respetan la libertad de los individuos; quienes tratan de imponer su pensamiento de forma dictatorial; quienes no aceptan la voluntad de la mayoría. Pero importa poco quien tenga la culpa. Lo trascendental es que la imagen de la tauromaquia sale dañada irreversiblemente, y no digamos la de Algemesí.

La excusa de la revuelta era la supresión de las becerradas, en las que lo único que pretenden los aficionados locales es emular con el máximo respeto a sus admirados toreros. Nadie sale borracho ni drogado a torturar a un cachorrito de toro clavándole varias espadas por los costados como llegó a aseverar Jorge Javier Vázquez en su programa. Eso es mentira, es la excusa para la sublevación. Pero en realidad lo que pretenden estos grupos radicales es conseguir la erradicación de los toros.

Ningún colectivo profesional ha emitido un comunicado exigiendo respeto constitucional por parte de las autoridades y de los medios de comunicación. Hasta sería oportuno y conveniente denunciar a alguno por falsedad, calumnias y difamación. Es momento para la unión, porque esto no se acaba aquí. Ahora los mismos exaltados que allanaron Algemesí anuncian su desembarco en Zaragoza, y luego será en otro sitio. No importa que estén en minoría porque, aunque pocos, se saben hacer escuchar, y ya se sabe que se oye más a uno gritando que a cien callados.
 

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