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Carlos Bueno - 11/08/2015

Debo ser un completo ingenuo porque aún sigo creyendo en los milagros. Por mucho que la realidad acabe imponiendo su peso no escarmiento y continúo pensando que al final, como en las películas de vaqueros, siempre triunfará el bueno. Veo toreros buenos que me ilusionan, apuesto por ellos -eso hace que la llama de la esperanza permanezca viva-, aunque los desenlaces no suelen ser tan idílicos como los imagino. Sé que la posibilidad de que un matador alcance el estatus de figura es mínima, pero también estoy convencido de que algunos se quedaron por el camino a pesar de poseer tantas cualidades como muchos de los que copan la zona alta del escalafón.

A unos, quizá por falta de bagaje, les faltó capacidad para aguantar la presión en momentos clave, a otros no les acompañó la suerte en ocasiones determinantes y no gozaron de más oportunidades, y también los hubo que sufrieron la injusticia de un sistema que los dejó parados. No estaban bajo el amparo más oportuno, quisieron ser dueños de su independencia y eso frenó su posible ascensión.

Y es que a los “apoderadoempresarios” poderosos nunca les ha interesado que salga un gallo cantando en un corral que tienen bajo su dominio, porque en el caso de que cante demasiado alto no serán ellos sino otros quienes se lleven la pasta y la fama. Sucedió en tiempos pasados y continúa ocurriendo en la actualidad. Cometí el error de imaginar que algún día todo esto tendría fin, que habría un momento en el que imperara la razón, pero aquí siempre es más de lo mismo y es posible que mañana todo siga igual, que alguno de los toreros buenos permanezca en el saco del olvido porque la inmoralidad de quienes sólo miran por sus propios intereses los desterró sin remordimientos.

Francisco José Palazón es uno de esos casos. Que no hayamos tenido la ocasión de disfrutar más de su toreo durante las últimas temporadas puede considerarse prácticamente un delito. Se trata de un tipo genial, simpático, con un excelente sentido del humor, y sobre todo de un torero excepcional, exquisito, poseedor de unas cualidades artísticas al alcance de muy pocos. Quien lo vio el día de su alternativa en Alicante o la tarde de los juanpedros en la misma plaza sabe de qué hablo. Seguramente si los ángeles existieran y toreasen lo harían como él lo hizo. Pero apenas le dieron cancha, y si en las pocas oportunidades que tuvo no alcanzó un éxito grande no hubo más plazos. De nuevo aparcado y la práctica totalidad de plazas de la geografía taurina perdiéndoselo.

Acaba de torear de nuevo en su Alicante. Fue el domingo pasado. Una de Adolfo Martín. Su primera corrida del año y la primera vez que mataba toros de Saltillo. Para relanzar su carrera necesitaba un milagro, triunfar o triunfar, no le cabía otra. Y triunfó. Dos orejas, puerta grande. Aunque lo realmente importante no fueron los apéndices conseguidos sino la sensación que dejó sobre el albero. La inevitable falta de oficio con este tipo de encaste la suplió Palazón con la mejor de las actitudes, la de intentar torear sin salirse de su personalidad, con verdad y ortodoxia a pesar de los problemas y dificultades que propusieron sus antagonistas. Quizá ese fue su pecado, el de pretender hacer siempre las cosas bien, el de querer torearlos como si fueran buenos. Llegó incluso a lucir al último de su lote poniéndolo de lejos al caballo. Luego se paró el Adolfo y se quedó sin posibilidades. Sí, pecó Palazón de bondad y generosidad. Y eso le importa poco a un sistema ávido de titulares rutilantes. No vende ser bueno sino cortar todas las orejas posibles. Y Francisco José, el bueno de Paco, el torero bueno, besará el suelo después de tocar el cielo con las manos. Esa es la maldita realidad, la maldita injusticia.

Hay más Palazones, más casos de toreros buenos que no acaban de despegar porque el día clave la suerte no está de su lado y porque a algunos “apoderadoempresarios” les viene bien que así suceda para seguir manejando su redil sin demasiados problemas y con la máxima rentabilidad. Pero eso no les exime de la responsabilidad que tienen de apostar por nuevos valores, savia fresca que reilusione a la afición, que falta hace. Dicen que el tiempo es la cura y que todos acabaremos resignándonos al funcionamiento del sistema. Pero de momento no me conformo y continuaré apostando. Seguiré siendo ingenuo, pensando que pronto Palazón tendrá una nueva posibilidad de hacerme creer que los ángeles existen y torean, aunque pueda parecer un milagro.
 

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