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Carlos Bueno - 10/11/2015

No hace falta que los representantes políticos que se ocupan de los asuntos taurinos sean excelentes aficionados sino buenos gestores. Lo dijo en cuanto fue nombrado en el cargo el diputado que ahora se ocupa de la cartera taurómaca en Valencia. Y le doy la razón. En este mundo impera mucho el taurinismo de “compadreo” y el inmovilismo a todos los niveles. Y eso, en cualquier empresa privada del siglo XXI es impensable. Todos los negocios están en constante movimiento porque quienes los dirigen va introduciendo los cambios pertinentes para que sigan siendo rentables. Los toros no pueden ser una excepción si quieren pervivir, y la mejor arma para su defensa es que sean un espectáculo saneado visible a los ojos de todo el mundo.

Para conseguirlo hay muchos frentes que atacar, y que todo siga igual porque siempre ha sido así no es una opción válida. Por ejemplo, que los toreros cobren según su capacidad de convocatoria es una necesidad imperiosa. No puede ser que haya tardes que se anuncien las figuras y que sean deficitarias para el empresario. Subir el precio de las entradas no es la solución. Así que sólo cabe la alternativa de que los matadores perciban una participación del taquillaje.

También parece lógica una reducción de las cuadrillas en ciertos espectáculos menores. No se antojan esenciales tres banderilleros, dos picadores, un mozo de espadas y un ayuda de mozo de espadas en algunas novilladas celebradas en cosos de relativa entidad, y ni qué decir tiene en novilladas sin picadores y becerradas.

Pero además de regular la estructura del funcionamiento interno del toreo, urge una depuración de cara al exterior. Convendría que los empresarios cuidasen la promoción de las ferias y que hicieran sentir partícipes de la elaboración de los carteles a los aficionados. Sería oportuno que los caseros de las plazas cuidasen cada coso con el máximo mimo. Y también correspondería -ahora que en muchas ciudades están en el punto de mira- que las Escuelas de Tauromaquia adecuasen su presupuesto y el número de profesores al de alumnos del centro, y sobre todo que pusieran todo su empeño en conseguir sacar nuevos valores de futuro.

De las Diputaciones y Comunidades dependen la mayoría de los recintos taurinos de España, y si sus políticos son buenos gestores lucharán por ajustar los cánones de alquiler a la realidad económica actual, lo que sin duda ayudaría a rentabilizar el espectáculo. Si son buenos gestores redactarán Pliegos de Condiciones de arrendamiento que cuiden el apartado cultural, de difusión y de promoción de la Fiesta. Si son buenos gestores obligarán a caseros y celadores a mantener coquetos los recintos taurinos. Si son buenos gestores continuarán dando la posibilidad de recibir clases de toreo a los chavales de forma libre y con un presupuesto lógico. Si son buenos gestores entenderán que los políticos no pueden ir regalando entradas a sus amigos. Si son buenos gestores defenderán los toros, aunque ello implique realizar ciertos cambios que no suelen ser del agrado de ese taurinismo decadente e inamovible que no favorece que la tauromaquia goce de un futuro halagüeño.

Todo está ya politizado o acabará estándolo. Los toros no son una excepción, y mientras unos partidos muestran su apoyo abiertamente otros tratan de convencer a los aficionados que de que no están en contra. Esperemos que sea así y démosles motivos para seguir en movimiento.

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