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Carlos Bueno - 21/04/2015

La temporada taurina coge inercia. El pasado fin de semana se celebraron corridas, novilladas y festivales en cosos de la entidad de Sevilla, Madrid, Zaragoza, Granada o Cáceres y también en otras plazas de menor categoría. En uno de esos festejos un buen amigo me comentaba la necesidad de ofertar alicientes inéditos para ganar la fidelidad de los aficionados y atraer nueva clientela.

La sociedad actual vive inmersa en una vorágine de innovación a todos los niveles a la que el toreo parece vivir de espaldas. Sin embargo, y aunque es indiscutible la calidad de algunos de los diestros que más se anuncian, el escalafón actual lleva tiempo sin ofrecer nombres diferentes. Los equipos de fútbol fichan continuamente nuevos jugadores, reemplazamos nuestro vestuario al ritmo que marca la moda, renovamos el móvil prácticamente cada año, y hasta hay quien cambia con frecuencia de pareja sin demasiado reparo.

Quizá el inmovilismo de la tauromaquia sea parte de su encanto, algo que no está reñido con la conveniencia de abrir paso a savia fresca. Es muy probable que el respeto a la tradición, a los ritos de antaño y la fidelidad a la liturgia sean el secreto y la razón de su pervivencia. Aún así hay maneras de innovar sin traicionar la esencia taurómaca. Sólo es cuestión de buscar qué es aquello que quienes compran una entrada quieren ver y no les está permitido, lo que les produce morbo y les está vetado.

Uno de los actos más solicitados y, al tiempo, de más difícil acceso, es el sorteo. Sólo hay que fijarse en las plazas que venden entradas para asistir a él, como es el caso de Bilbao, donde se agotan los boletos a diario. Tuve la ocasión de comprobar el éxito de esta iniciativa en el mencionado festejo del pasado fin de semana, un modesto festival campero en el que todos cuantos acudieron hubiesen dado cualquier cosa por poder observar tal ceremonia in situ.

El buen amigo me abrió los ojos: “Ahí lo tienes, lo que la gente siente morbo por ver: el sorteo”. Y es cierto. Brindar un atractivo añadido a la corrida redundaría en el interés general por la Fiesta. Sería una forma de acercar los toros a todos. Es indiscutible que la mayoría de plazas no reúne los requisitos necesarios para vender entradas para el sorteo, pero sí que podría ser un premio para grupos de aficionados que, de forma alterna y quizás tras un sorteo, pudiesen contemplar el preámbulo y los entresijos de aquello que después verán sobre el albero.

Aunque adquirir una localidad para los toros únicamente da derecho a disfrutar de las dos horas que dura un festejo, el espectáculo taurino va mucho más allá, y que la clientela pudiese disfrutarlo sólo conllevaría consecuencias positivas. Eso sí, siempre y cuando los sorteos fuesen todo lo apacibles, juiciosos e intachables que sería deseable. Cuidar la imagen es imprescindible. Si a ello le añadiésemos un poquito de mayor cercanía de los matadores con la gente de la calle… miel sobre hojuelas.

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