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Carlos Bueno - 13/10/2015

“Prohibido prohibir” es uno de los archiconocidos lemas que se acuñaron en la llamada ‘Revolución de 1968’, un movimiento que coincidió temporalmente con el ‘Mayo francés’ pero que anidó hechos y procesos similares en otros países además del galo. En Estados Unidos se protestó contra la Guerra de Vietnam, en Checoslovaquia se vivió la ‘Primavera de Praga’ con la propuesta de un nuevo socialismo, en México, coincidiendo con la celebración de sus Juegos Olímpicos, se perpetró la matanza de la plaza de Tlatelolco, en España algunos colectivos universitarios se opusieron abiertamente al franquismo…

Fue la época de la revolución sexual, de la pérdida del respeto patriarcal y a la autoridad, y los términos burgués, capitalista, empresario, patrón o viejo, se aplicaban como insulto, muchas veces junto al apelativo cerdo. Era fascinante la simpatía por el tercermundismo, una doctrina relacionada con la izquierda política según la cual el subdesarrollo de los países del tercer mundo es producto del colonialismo occidental.

El famoso festival de Woodstock marcó un punto de inflexión para los jóvenes de entonces incidiendo en un nuevo estilo de vida alejado de convencionalismos sociales, una brecha generacional que respondía a una verdadera contracultura, algo que suscitaba la máxima aversión en la opinión conservadora.

Ahora, una corriente comparable a aquella de la ‘Revolución de 1968’ ha llegado al poder en muchos municipios y Comunidades, representantes que personifican el resentimiento contra todo lo establecido y que enarbolan el desprecio a todo tipo de dictaduras (faltaría más), personas que se autoproclaman abanderadas del respeto y la libertad. Sin embargo, de forma sorprendente lo primero que han hecho es comenzar a prohibir todo aquello que a ellos no les gusta.

Uno de sus objetivos es prohibir los toros. Saben que no podrán de golpe, por eso van poco a poco. Cada vez son más las ciudades declaradas antitaurinas (generalmente por grupos políticos en minoría que se unen con la connivencia de alguno grande para prohibir a sus anchas). Cada vez se retiran más ayudas a Escuelas Taurinas (coartando el derecho a la enseñanza libre y, eso sí, sin renunciar a los suculentos cánones de arrendamiento que proporcionan las plazas de toros). Y lo último ha sido prohibir que se cuelgue en Barcelona un cartel que retrata a Morante al estilo Dalí. Inconcebible. ¿Dónde está la tolerancia y el respeto del que tanto presume esta nueva izquierda rancia?

Una concejala de Pamplona puede exhibir sus pechos sin pudor desde un balcón y para todos los públicos, pero no se aprueba colgar una pancarta de Morante. La jefa de prensa de la alcaldesa de Barcelona puede mostrar orgullosa sus fotos orinando en plena calle, pero el cartel de Morante está prohibido porque Cataluña es contraria a las corridas de toros y favorable a los derechos de los animales. Pues muy bien, dejen libres a los animales, que ese es su estado natural. No les obliguen a tener horarios de personas para hacer sus necesidades, no se monten encima, no les enjaulen ni les metan en peceras, no les castren según sus intereses, no practiquen con ellos la eutanasia para no verles padecer, que mi padre bien tuvo que sufrir hasta morir por no ser un animal irracional.

“Prohibido prohibir” dijeron los progres del 68. Y los de ahora lo siguen diciendo, aunque no cumpliendo. Escribas y fariseos, farsantes, hipócritas, cínicos, autoritarios, absolutistas, déspotas, represores, tiranos. ¿Algún día sabremos vivir en verdadera democracia? (que no es lo que estos dictadores practican).
 

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