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Carlos Bueno - 28/02/2017

El próximo fin de semana la ciudad de Valencia será la capital internacional de la cultura taurina. Durante cuatro días en su plaza de toros se celebrarán charlas, coloquios, ponencias, exposiciones, concursos, homenajes, talleres y otras muchas actividades en las que estarán presentes toreros, ganaderos, empresarios, cirujanos, recortadores, "rodaors" y aficionados. Aficionados insignes y anónimos, los feligreses que hacen posible la pervivencia de los toros, quienes más los defienden y los que han organizado tal acontecimiento. "Cultura de Bou" se llamará este primer Congreso de Tauromaquia, un reto por el que han apostado fuerte y vienen trabajando duro desde hace tiempo los miembros de la Unión Taurina de la Comunidad Valenciana.

Loable iniciativa que pretende ser un punto y seguido a la macro manifestación de la temporada pasada en la que más de 30.000 personas reclamaron libertad para que la Fiesta pueda seguir celebrándose dentro de un marco de respeto. Y mucho me equivocaría si el Congreso de este año no es sólo otro eslabón al que seguirán sucediendo otras propuestas plausibles.

Normalizar la tauromaquia en la sociedad me parece fundamental en los convulsos tiempos que vivimos, y acciones como estas sirven para que se hable de toros, para que los medios de comunicación incluyan en sus parrillas y ediciones una pizca de toreo y, quién sabe, incluso se pueden captar nuevos adeptos. Algún día habrá que alzar un monumento a la afición que, además de abonar el precio de sus pertinentes entradas, emplean su tiempo y esfuerzo en defender la pervivencia de algo por lo que deberán seguir pagando.

Pero todos estos ingenios y prácticas no servirán de nada si luego lo que sucede en el ruedo no alcanza las expectativas concebidas. Está muy bien que todos cuantos participen en las actividades programadas en el Congreso exalten los valores de la tauromaquia y creen a su alrededor el mayor de los atractivos, siempre y cuando después se refleje de verdad sobre el albero, y para ello no hay más secreto, más ingrediente, que el toro bravo.

Sinceramente yo soy optimista en ese aspecto. Pienso que se torea mejor que nunca entre otras razones porque el comportamiento del toro se ha conseguido depurar hasta límites insospechados. Pero ojo, no hay que bajar el listón de la nobleza enrazada. Pretender criar animales tontunos que obedezcan sin la mínima casta es abortar la emoción, y eso sólo desembocaría en la desertización de unos tendidos desencantados. Por eso es ahora de suma importancia que los empresarios anuncien las divisas en mejor momento, que los veedores escojan astados con el trapío que merece cada coso y la clientela, y que los toreros den el paso adelante y no rehúyan los hierros más encastados.

El toro íntegro, matadores comprometidos y el mejor toreo de la historia; tan sencillo. Así nadie saldrá decepcionado de una plaza y toda la teoría que se diga de palabra en el Congreso quedará validada en la práctica. Es lo que necesita la Fiesta y el mejor argumento para que sigan defendiéndola los aficionados, esos a los que algún día habrá que levantar un monumento.

 

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