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Carlos Bueno - 10/02/2015

“¿Te has enterado de que Leandro se lo ha dejado?” Hace unos días me llamaba mi buen amigo Bill Cranfield para preguntármelo. Bill es un excelente periodista y un magnífico aficionado que vive su merecida jubilación en Valencia. Desde que vio su primera corrida en Las Ventas siendo un joven estudiante quedó atrapado por un inexplicable magnetismo que siempre ha tratado de desentrañar y que todavía hoy sigue analizando a fondo.

Será por su carácter británico, quizá más sereno y reflexivo, pero al bueno de Bill no se le escapa ningún detalle. “Se lo ha dejado Leandro, y el año pasado José Luis Moreno”, insistió, “y no creo que yo que la Fiesta esté para desaprovechar buenos toreros”. Tiene toda la razón. Pero el asunto no ofrece fácil solución. Me acordé entonces de algo que me dijo Alberto Ramírez, gerente de la plaza de Castellón, explicándome el porqué de unos carteles de La Magdalena conformados sólo con figuras. “Como aficionado yo pondría a Juan del Álamo, Pepe Moral y Jiménez Fortes, pero el gran público no los conoce y sería una combinación deficitaria”. También tiene razón, iría a verlos Bill y un puñado de aficionados más, aunque no los suficientes para que el espectáculo fuese rentable.

¿Qué deberían hacer entonces los empresarios? Ese es el quid de la cuestión. Lo ideal sería que tuviesen tanta afición como cartera, y que no les importara perder un poco ahora pensando en la posible rentabilidad futura, tanto de sus empresas como de la propia Fiesta. Eso sería además, lo lógico y lo justo. Pero a nadie le gusta dilapidar su dinero, así que la pescadilla que se muerde la cola está servida: hay quien no torea porque no es conocido y no es conocido porque no torea.

Con tal panorama el torero con un apoderado independiente lo tiene crudo. Sólo los peces gordos pueden meter en el circuito savia nueva, y claro, a la hora de poner a gente con proyección se decantan por los suyos, los que ellos representan, y, queriendo o sin pretenderlo, van taponando las posibles oportunidades de los que van por libre. No es honesto, pero es así. En el camino van quedando buenos toreros, Leandros, Morenos y otros muchos grandes intérpretes de arte de Cúchares que no dieron el golpe que deberían haber dado para seguir con sus carreras y que además no gozaron del amparo, la confianza y la paciencia que otros compañeros metidos en el sistema sí tuvieron.

Los grandes empresarios tienen la llave de la calidad torera del mañana. Apostar por los jóvenes valores y no ponerles zancadillas debería ser su obligación. Se dice, se habla, se comenta, que José Garrido lo está teniendo complicado para meter cabeza en las primeras ferias del año. Si a éste no lo ponen, ahora que todavía no puede exigir mucho y que, sin duda, es uno de los chavales con más interés del momento, apaga y vámonos. La tauromaquia no puede reiterarse en carteles gemelos temporada tras otra. Necesita regeneración, caras nuevas con talento combinadas con maestros consagrados. Originalidad, atractivo. Renovarse o morir.
 

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