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Carlos Bueno - 17/05/2016

El toreo es un arte en continua evolución, y a través de las épocas han ido cambiando los gustos y valoraciones del público a favor de otros tipos de tauromaquia; o quizá sea al contrario, que las nuevas formas que algunos coletudos imprimen a sus quehaceres sean las que provocan modernas exigencias del respetable. Del toreo sobre las piernas se pasó a la quietud y el mando con los brazos. Luego llegó la ligazón, y más tarde la apropiación de los terrenos por parte del torero. La selección ganadera tuvo mucho que ver en todas estas metamorfosis.

En la actualidad sale el toro más depurado de la historia, el que permite torear con mayor expresión estética y limpieza. A veces, el animal está tan refinado que se debate entre la suavidad más excelsa o la sosería más inoportuna, entre la bravura más noble o el descastamiento más aburrido.

Gran parte de la nueva hornada de matadores ha irrumpido en el escalafón aportando un aire nuevo cargado de los recursos más variopintos y sorprendentes. Cuando sus antagonistas tardan en embestir, no pierden tiempo intentando provocar sus arrancadas porque de inmediato encuentran la solución; giran sobre sí mismos y presentan la muleta por el otro pitón sin perder un segundo o ponen en práctica cualquier adorno admirable. La variedad es el común denominador de estos diestros modernos, y por supuesto la valentía sobre la que asientan un toreo tan floreado como lleno de compromiso. Hay públicos que se rasgan las vestiduras cada vez que un chispazo de esta tauromaquia les asombra.

Pero aparte de pellizcos y de emociones efímeras, nadie debe olvidar que la profundidad es la única cualidad que nunca cambiará por mucho que pase el tiempo. Cuando se adelanta la muleta y se lleva toreado al astado hasta muy atrás no hay discrepancias. Cuando el olé dura una eternidad y no un suspiro la emoción se transforma en perenne.

Bienvenidos sean nuevos arquetipos sobre el albero. Bienvenida una renovación del escalafón pertinente y necesaria. Y bienhallado el toreo que se basa en los cánones más ortodoxos de parar, templar, mandar y ligar. Que los ganaderos lograsen criar un toro que lo permita sería un seguro de futuro para este arte eterno en continua evolución.

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