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Carlos Bueno - 16/06/2015

La previsión meteorológica indica que se acerca mal tiempo para la tauromaquia. Según todos los indicativos en distintos puntos de España habrá tormentas antitaurinas. A veces las predicciones fallan; esa es la esperanza que nos queda a quienes sólo pedimos respeto a nuestras libertades. Pero habrá que trabajar para que los pronósticos no se cumplan, organizar más actos taurinos, acudir en mayor número a los distintos acontecimientos y festejos. Es cuestión de demostrar que somos muchos y de todo tipo de ideologías, que tenemos nuestros derechos y que no queremos que los toros se politicen.

El menosprecio a la tauromaquia ha sido una de las primeras acciones que algunos partidos políticos han anunciado tras las últimas elecciones. En general se trata de formaciones minoritariamente votadas pero con la llave que ha servido para formalizar muchos gobiernos. Grupos que abanderan la tolerancia y el respeto a las libertades de todos los ciudadanos y que se autoproclaman “la voz del pueblo”. Por eso no entendería que sólo escuchasen a los suyos e infringieran una dictadura sobre quienes no piensan del mismo modo; y acabar con los toros sería una verdadera opresión despótica y absolutista; nada que ver con la democracia que pregonan.

Estoy convencido de que acabar con las corridas no será tan fácil como algunos dirigentes pretenden. En principio porque, aunque desde fuera se tenga la percepción de que el sector taurino recibe muchas subvenciones, una vez los nuevos partidos se instalen en el poder y comprueben las cuentas se darán cuenta de que el asunto es bien diferente. Imagino que la nueva alcaldesa de Madrid, por poner un ejemplo, advertirá que sólo la plaza de Las Ventas paga a la Comunidad madrileña un canon de 2.325.000 euros anuales, mientras que la ayuda que ella pretende retirar a la Escuela de Tauromaquia es de 61.200 euros, el 0’0013% del presupuesto de Madrid ¿De verdad alguien puede creer que eso arreglaría el estado financiero de la capital de España? ¿Y si los empresarios decidieran realizar un cierre patronal? ¿Y si entonces el paro subiese en más de medio millón de personas? ¿Y si todo el organigrama taurómaco acordase no dar un euro más? ¿Y si el Estado dejara de percibir los 28’4 millones de euros que anualmente recuda en concepto de IVA taurino? ¿Y si las más de 300.000 hectáreas de dehesa que se dedican a la crianza de los toros dejaran de ser un tesoro medioambiental para destinarse a grandes superficies y zonas de ocio?

Es lógico que todo esto se tenga en cuenta una vez que los nuevos líderes dispongan de todos los datos. Y más lógico y justo sería que nuestros gobernantes ejerciesen su papel, libremente elegido, bajo el precepto de servir al pueblo, de escuchar y respetar a todos los ciudadanos, no únicamente a quienes opinan como ellos; de trabajar por y para la ciudadanía, no en su contra; y de favorecer derechos y libertades, no de privar y prohibir.

Pero será fundamental que nos hagamos escuchar y respetar, que se note nuestra existencia, que aficionados y profesionales nos mostremos especialmente activos en esta etapa de transición de un modelo de gobierno a otro. Acabar con las corridas no será tan fácil como algunos dirigentes pretenden siempre y cuando no nos quedemos parados esperando acontecimientos, de lo contrario estamos finiquitados.

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